El cristiano está llamado a evaluar cualquier realidad política a la luz del Reino de Dios y de los criterios éticos de la Biblia. Desde esta perspectiva, es fundamental distinguir entre el Israel bíblico, que pertenece a la historia de la alianza o pacto de Dios con su pueblo dentro de la historia de la salvación, y el Estado moderno de Israel, constituido como una entidad política contemporánea en 1948. Esta diferencia resulta teológicamente importante porque la elección de Israel en la Biblia se relaciona con una vocación y una responsabilidad delante de Dios, mientras que un Estado moderno posee estructuras políticas, militares y jurídicas propias. Por ello, no se puede considerar adecuadamente identificar las decisiones políticas de un Estado contemporáneo con la voluntad de Dios.
La elección bíblica tampoco puede convertirse en un argumento para justificar cualquier acción realizada en nombre de Israel. La ética del seguidor de Jesús no se fundamenta en el poder, la dominación o la violencia, sino en la justicia, la misericordia, el amor y la reconciliación. Esto puede observarse claramente en el Sermón del Monte, donde Jesús declara: “Bienaventurados los que procuran la paz” (Mateo 5:9). Además, enseña: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mateo 5:44). Estas palabras son especialmente importantes para la reflexión cristiana sobre cualquier conflicto, porque Jesús no establece una ética basada en la nacionalidad de las personas, sino en el amor. Por lo tanto, el sufrimiento de una persona no debería considerarse menos importante simplemente porque pertenece a otro pueblo, religión o grupo político. Esta enseñanza también permite cuestionar cualquier forma de deshumanización del otro. Cuando un grupo humano comienza a ser considerado únicamente como enemigo, deja de verse su dignidad individual.
Sin embargo, la enseñanza de Jesús exige una actitud diferente. El prójimo no deja de ser prójimo por pertenecer a una nación diferente. De hecho, en Mateo 5:45 Jesús recuerda que Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos”. Desde esta perspectiva, es de gran consideración observar una ética cristiana coherente en defensa de la vida y la dignidad de todas las personas, sin establecer diferencias basadas únicamente en su nacionalidad.
Asimismo, la elección bíblica de Israel nunca significó que el pueblo estuviera exento del juicio de Dios. Los propios profetas denunciaron las injusticias cometidas por Israel. Isaías afirma: “Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado” (Isaías 1:17), mientras que Amós proclama: “Corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo” (Amós 5:24). Estos textos fortalecen la idea de que la elección implica también responsabilidad. Israel no podía utilizar su relación con Dios como justificación para abandonar la justicia. Por ello, es teológicamente incorrecto utilizar determinados textos sobre la elección de Israel para justificar automáticamente cualquier acción política o militar realizada por el Estado moderno de Israel.
Además, los profetas muestran que Dios no permanece indiferente ante el sufrimiento de las personas. Esto permite comprender que la fidelidad a Dios no consiste simplemente en defender a un pueblo por su identidad histórica, sino también en defender los valores que Dios mismo exige: justicia, misericordia y rectitud. En este sentido, una postura cristiana puede reconocer la importancia del pueblo judío en la historia de la salvación y, al mismo tiempo, cuestionar aquellas acciones contemporáneas que considere contrarias a los principios bíblicos.
Además, hemos escuchado e incluso enseñado la llamada “Regla de Oro”, expresada por Jesús en Mateo 7:12: “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. Este principio tiene una aplicación directa a cualquier situación de conflicto, porque obliga al creyente a utilizar la misma medida moral para todos. Si consideramos que nuestra propia vida, familia, seguridad y dignidad deben ser protegidas, también debemos reconocer esos mismos derechos en los demás. La Regla de Oro, por tanto, cuestiona la doble medida moral. No sería coherente condenar una determinada forma de violencia cuando es ejercida contra nuestro propio pueblo y justificarla cuando afecta a otro pueblo. Del mismo modo, si consideramos injusto el sufrimiento de nuestros propios familiares, deberíamos reconocer también el sufrimiento de familias pertenecientes a otro grupo. Desde la ética de Jesús, la dignidad humana no depende de la nacionalidad ni de la pertenencia política. Por estas razones, el cristiano debe evitar tanto el rechazo indiscriminado hacia el pueblo judío como el apoyo incondicional a cualquier política del Estado moderno de Israel. Ambas posiciones pueden perder de vista el centro del Evangelio. La primera puede conducir al prejuicio y la segunda puede convertir una realidad política en una cuestión de fe. El criterio fundamental debe ser Jesucristo y los valores del Reino de Dios.
Finalmente, reconocer la importancia del Israel bíblico dentro de la historia de la salvación no significa otorgar autoridad moral absoluta a un Estado contemporáneo como lo es el Israel actual. Para el cristiano, el centro de la fe no es el nacionalismo, sino Cristo y su Reino. Por ello, cualquier realidad política debe ser evaluada desde las enseñanzas del Evangelio, especialmente desde el Sermón del Monte: buscar la paz, practicar la justicia, amar al prójimo, amar incluso al enemigo y tratar a los demás como queremos ser tratados. Esta perspectiva permite mantener una postura crítica sin abandonar el respeto hacia el pueblo judío y, sobre todo, sin olvidar que la ética cristiana exige defender la dignidad y la vida de todo ser humano.











