Durante su reciente visita a Francia, el papa León XIV criticó la instrumentalización de la fe cristiana en los círculos políticos para justificar el extremismo, promover la división o revestir de autoridad religiosa determinadas posiciones políticas. Esta reflexión surgió al ser consultado sobre el crecimiento de la extrema derecha en Alemania. León XIV advirtió sobre la existencia de una mezcla entre determinadas posiciones de extrema derecha y una forma de religiosidad que, según sostuvo, no constituye una “expresión auténtica del cristianismo”.
Las palabras del sumo pontífice resultan especialmente significativas en un contexto internacional donde las referencias a Dios, en defensa de determinados “valores o costumbres cristianas” y los símbolos religiosos aparecen cada vez con mayor frecuencia dentro del discurso político.
El problema que plantea el pontífice no parece ser la participación de los creyentes en política, más bien, es todo lo contrario. León XIV alentó expresamente a los cristianos a participar en los procesos políticos y a tomar decisiones orientadas al bien común. La advertencia apunta a la instrumentalización de la fe, fenómeno cada vez más usado por determinados partidos para legitimar proyectos políticos que pueden terminar contradiciendo los propios valores que dicen representar. En este sentido, León XIV hace una diferenciación entre participar libremente en política motivado por convicciones religiosas y presentar una determinada posición política como si fuera la única compatible con la voluntad de Dios, utilizando la identidad religiosa para dividir a la sociedad entre quienes supuestamente representan el “bien” y quienes encarnarían aquello que debe ser rechazado.
De esta forma, León XIV recordó que los valores del Evangelio no deberían propagar el “odio ni en la división”, sino la “comprensión, la compasión y el acompañamiento”. Es así como, la afirmación constituye una llamada de atención frente a cualquier intento de utilizar el cristianismo como una identidad política excluyente. Defender determinados principios religiosos no debería convertirse en una autorización para deshumanizar al que piensa diferente, al extranjero, al migrante, a una minoría o a quien mantiene otra concepción moral, política o religiosa. En este sentido, advirtió sobre ideas que podrían causar “mucho más daño del que somos conscientes ahora mismo” y sostuvo que la Iglesia debe promover valores que generen vida, en lugar de destrucción, división y odio.
El Papa León XIV también abordó el rol de la Iglesia Católica en los conflictos internacionales, defendiendo el papel de la Santa Sede en la promoción del diálogo y la mediación frente al uso de la fuerza. En ese sentido, respaldó los esfuerzos para propiciar negociaciones entre países enfrentados y recordó la disposición del Vaticano para facilitar espacios de encuentro, como ocurrió con la propuesta de reunir a Vladímir Putin y Volodímir Zelenski. Para el pontífice, la búsqueda de soluciones debe pasar por sentarse a dialogar y encontrar alternativas que permitan poner fin a guerras que continúan cobrando vidas.
También expresó su preocupación por el creciente protagonismo de las armas nucleares en el discurso internacional y cuestionó el incremento de los recursos destinados a la industria militar. Advirtió que mientras algunos sectores obtienen enormes beneficios económicos de una industria vinculada a la guerra, miles de millones de euros y dólares podrían destinarse a enfrentar problemas urgentes como el hambre, la falta de vivienda, el desempleo y otras necesidades sociales.
Finalmente, el pontífice cuestionó que algunas potencias intenten imponer sus posiciones mediante el poder y la fuerza, en lugar de recurrir al diálogo y la negociación. Frente a este escenario, sostuvo que la Iglesia debe promover principios como la dignidad humana y el respeto por la vida, y planteó la necesidad de replantear las prioridades de los Estados.











