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Nacional

El Cardenal Castillo cuestiona el culto al dinero y la paz impuesta por la guerra

Sin mencionar directamente a Donald Trump ni a Palestina en los fragmentos citados, el cardenal cuestionó las amenazas, las invasiones y la imposición de intereses sobre otros pueblos.

Durante la misa celebrada el domingo 18 de octubre, en el marco del segundo recorrido procesional del Señor de los Milagros, el cardenal Carlos Castillo, arzobispo de Lima, pronunció un discurso en el que cuestionó la deshumanización, el culto al dinero y el uso de la fuerza como instrumento para imponer intereses políticos y económicos.

Uno de los ejes centrales de su mensaje fue la crítica a un sistema que, según señaló el cardenal, coloca la acumulación de riqueza por encima de Dios, la solidaridad y las relaciones humanas. “Es el culto al dinero que existe, es una liturgia, una organización mundial de los bancos que están vendiéndoles a la gente ideas de que lo único que salva es el dinero”, exclamó en una crítica hacia las entidades financieras y la manera en que la búsqueda de beneficios económicos puede someter a las sociedades a una dinámica de enriquecimiento sin límites

El cardenal advirtió que la sociedad ha sido arrastrada hacia una lógica de indiferencia en la que el dinero deja de ser un instrumento al servicio de las personas para convertirse en un fin en sí mismo.

“El dinero es el Dios de esta épica del mundo moderno. Hoy en día es mucho peor porque existen los que cultivan ese dinero y nos obligan a todos a someternos para tener una ganancia que no significa nada, pero para ellos sí tener enormidades”, afirmó. Asimismo, cuestionó a quienes persiguen ganancias desmedidas mientras otros sectores de la población enfrentan necesidades básicas. En esa misma línea, sostuvo que la riqueza debería ser consecuencia del trabajo y contribuir al bienestar colectivo, en lugar de alimentar una competencia que puede conducir a la destrucción de los demás.

Su reflexión planteó así un cuestionamiento ético sobre las estructuras económicas que privilegian la rentabilidad por encima de la dignidad humana. “Los católicos somos muchísimos en el mundo, y necesitamos seguir siendo hermanos”.

Sin embargo, fueron sus declaraciones sobre los conflictos internacionales las que dejaron uno de los mensajes más contundentes de la celebración. Castillo condenó las guerras y rechazó la idea de que la paz pueda alcanzarse mediante la intimidación, la imposición de condiciones o la ocupación de territorios. “La paz no se consigue a la fuerza, con amenazas, invadiendo países, imponiéndole impuestos arbitrarios a todo el mundo, y diciendo ´está tierra es mía y me meto´. Eso es una usurpación, un latrocinio”, manifestó Castillo.

El cardenal contrapuso esa lógica de dominación a una concepción de la paz basada en el diálogo, los acuerdos y la construcción de vínculos entre los pueblos. “El Papa León ha insistido tenemos que generar la paz desarmada y desarmante. ¿Qué significan esas palabras? Que la paz se consigue por medio de la paz, del acuerdo, de la organización mutua, de acordar generar entre nosotros lazos de vida y esperanza”.

En sus palabras, la convivencia internacional requiere reconocer a los demás como iguales, en lugar de someterlos a los intereses de quienes concentran mayor poder político, militar o económico. Aunque no mencionó expresamente a Donald Trump ni a un conflicto internacional en particular en los fragmentos citados, sus declaraciones permiten establecer una lectura crítica frente a las políticas de presión económica, las amenazas y las pretensiones territoriales que caracterizan diversas disputas contemporáneas. En ese sentido, sus palabras también pueden interpretarse a la luz de las controversias sobre el ejercicio del poder estadounidense y su relación con otros países, en especial, aquellos perteneciente al Medio Oriente e incluso, los latinoamericanos.

El planteamiento adquiere relevancia, además, ante las guerras en las que la fuerza militar se presenta como un camino hacia la seguridad o la estabilidad. Para Castillo, esa justificación no basta para legitimar acciones que vulneren la soberanía de los pueblos o sacrifiquen vidas humanas.

Las reflexiones del cardenal también encuentran resonancia en la situación de Palestina, donde la población civil ha sufrido las consecuencias devastadoras de la guerra, la destrucción de infraestructura y el desplazamiento. En este escenario, la discusión sobre las condiciones necesarias para alcanzar una paz duradera resulta inseparable de la protección de la vida y del respeto de los derechos fundamentales. En este sentido, el cardenal afirmó que uno de los problemas más urgentes a combatir durante los conflictos armados es la “deshumanización” del enemigo: “El problema fundamental del mundo hoy día es la deshumanización, el intento de destruir el principio vital para el mundo que es la dignidad de la persona humana, el valor de la vida”

Una de las frases más contundentes de Castillo sintetizó su rechazo a una paz que se limite a la ausencia de resistencia: “Y hay paz, claro, si mataron a todos, pero es la paz del cementerio, no es la paz del amor de Dios”.

La declaración cuestiona la ilusión de una aparente paz que se alcanzaría al finalizar un conflicto armado mediante la destrucción y un elevado coste social. Desde esta perspectiva, el silencio que sigue a la violencia no equivale a una reconciliación verdadera, especialmente cuando se ha obtenido mediante la muerte, el sometimiento o la aniquilación de poblaciones enteras. Este mensaje resuena como una crítica directa a las posturas radicales de la geopolítica actual, donde líderes globales sugieren que el fin de las guerras justifica la sumisión forzada del adversario.

En el caso palestino, esta reflexión invita a examinar críticamente cualquier propuesta de paz que no coloque en el centro la seguridad de la población civil, sus derechos y la posibilidad de una convivencia basada en la justicia. No se trata de atribuir al cardenal una referencia explícita que no aparece en sus declaraciones citadas, sino de reconocer la pertinencia de su mensaje ante una crisis humanitaria que exige respuestas políticas y éticas.

En conjunto, las palabras pronunciadas por Castillo durante la misa del Señor de los Milagros trascendieron la reflexión estrictamente religiosa para plantear un cuestionamiento sobre las prioridades de la sociedad y el orden internacional. Su crítica al culto al dinero, a las invasiones y a la paz impuesta invita a examinar las estructuras que normalizan la desigualdad y la violencia.

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