La mañana del 28 de julio no solo marcó el inicio de un nuevo gobierno encabezado por la presidenta Keiko Fujimori, sino también uno de los mensajes más políticos pronunciados desde el púlpito de la Catedral de Lima en los últimos años.
Durante la tradicional Misa y Te Deum por Fiestas Patrias, el arzobispo de Lima, Carlos Castillo Mattasoglio, aprovechó la ceremonia para hacer un llamado a la unidad nacional, pero también para cuestionar la violencia, la corrupción y el uso político de la religión.
En un país que llega a un nuevo quinquenio profundamente dividido tras unas elecciones resueltas por un estrecho margen, el cardenal dejó claro que la Iglesia no puede mantenerse al margen de la crisis social que atraviesa el Perú.
Uno de los momentos más significativos de la homilía ocurrió cuando pidió orar no solo por las víctimas actuales de la inseguridad ciudadana, sino también por quienes murieron durante las protestas de los últimos años.
«Te pedimos Padre, especialmente por todas las víctimas de la extorsión, del sicariato, de los robos y de la violencia que vive nuestro país… Y también te pedimos por Inti Sotelo, Bryan Pintado, Eduardo Mauricio Ruiz, denominado ‘Truko’.»
La mención de Inti Sotelo y Bryan Pintado, fallecidos durante las manifestaciones de noviembre de 2020, así como de Eduardo Mauricio Ruiz, asesinado en las protestas posteriores a la crisis política, no pasó desapercibida. En un contexto donde distintos sectores políticos han intentado cerrar ese capítulo sin mayores responsabilidades, el cardenal optó por mantener viva la memoria de las víctimas.
Pero su mensaje fue más allá del recuerdo. Castillo describió un país atravesado por una profunda crisis ética.
«Hoy estamos en una situación catastrófica, no tanto por los indicadores económicos, sino porque la condición humana y su dignidad están en grave peligro. Vivimos una tragedia humana y social en la que diversos grupos de interés buscan imponer su ambición de enriquecimiento ilícito y de poder absoluto.»
Sin mencionar a ninguna autoridad en particular, el arzobispo hizo una crítica directa a quienes priorizan intereses particulares sobre el bien común, en un momento en que el nuevo Gobierno deberá enfrentar una creciente desconfianza ciudadana y una crisis de seguridad que continúa dejando cientos de víctimas.
Quizá el pasaje más incómodo para algunos sectores políticos llegó cuando advirtió sobre el uso de la religión como herramienta electoral.
«Hay quienes quisieran que la Iglesia no cuestione los desvalores humanos que destruyen la voluntad política y que quisieran que se calle; sin embargo, esas mismas personas muchas veces quieren usar la religión para su posición partidaria y así obtener votos y aceptación.»
La frase cobra especial relevancia en un escenario donde diversas organizaciones y líderes políticos han buscado durante los últimos años acercarse a iglesias evangélicas y sectores conservadores para fortalecer su respaldo electoral. Sin mencionar nombres, el cardenal dejó claro que la fe no puede convertirse en un instrumento de campaña.
Lejos de un discurso protocolar, el primer Te Deum del nuevo gobierno terminó convirtiéndose en un llamado de atención desde la Iglesia Católica. Castillo evitó pronunciarse sobre partidos o autoridades específicas, pero recordó que el poder político pierde legitimidad cuando olvida la dignidad humana y pretende convertir la religión en una herramienta de conveniencia.
En un país que inicia una nueva etapa política, su homilía dejó una advertencia que trasciende a cualquier gobierno: la fe puede acompañar al poder, pero no debería someterse a él.










