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Fe y profecía bíblica: Cómo algunas comunidades cristianas interpretan el conflicto Palestino Israelí

Durante la Convención Nacional del Movimiento Misionero Mundial Perú 2026, testimonios de asistentes evidenciaron una defensa basada en la fe hacia Israel. Las entrevistas revelan cómo la interpretación bíblica influye en la percepción del conflicto, limitando el análisis crítico de sus implicancias actuales.

Durante la Convención Nacional del Movimiento Misionero Mundial Perú 2026, se recogieron diversos testimonios de cristianos con el objetivo de comprender cómo interpretan, desde su fe, el conflicto entre Israel y Palestina. Las respuestas evidencian una postura basada en la doctrina y en la tradición cristiana. La gran mayoría de los entrevistados – por no decir todos – defendieron un apoyo incondicional e incuestionable al Estado de Israel.

Este escenario, más allá de posiciones políticas individuales, nos demuestra cómo la narrativa religiosa condiciona la forma en que se perciben los hechos actuales, en especial, los conflictos bélicos. Para muchos participantes, la ofensiva militar israelí hacia Palestina y los miles de muertos no es solo un enfrentamiento territorial o histórico, sino el cumplimiento de una profecía bíblica.  

Una lectura profética de un genocidio

Una de las ideas más escuchadas es que la guerra forma parte de un plan ya anunciado en las escrituras. Algunos asistentes señalaron que “todo está escrito” y que estos acontecimientos corresponden a “las señales del fin” o el inicio del Apocalipsis.

Sin embargo, esta forma de percibir la realidad es profundamente peligrosa porque supone la existencia de factores externos o anteriores que condicionan las decisiones políticas actuales. Por ende, se exime la responsabilidad de las principales autoridades políticas involucradas, como el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu; el presidente estadounidense cuyo responsado económico y militar hacia Israel ha sido sustancial para el desarrollo de la campaña armada contra la Franja de Gaza, Donald Trump; Yahya Sinwar (ya fallecido) y Khalil al-Hayya, principales líderes de Hamás; así como la comunidad internacional que se ha decidido sentarse a observar impotente como miles y miles de niños son asesinados bajo las bombas israelíes.  Por lo tanto, bajo esta lógica, los hechos ya no son evaluados bajo términos legales, humanos o incluso éticos, sino como parte de una narrativa mayor que es inevitable.

De igual forma, esta interpretación bíblica reduce e incluso llega a impedir el cuestionamiento. Es decir, si lo que ocurre corresponde a una profecía, entonces el conflicto deja de ser algo que pueda evitarse, paralizarse o analizarse críticamente, para convertirse en algo que, según los entrevistado, simplemente “debe pasar”.  

 Israel como pueblo elegido

Otro eje central en los argumentos de los cristianos entrevistados es la concepción de Israel como “pueblo elegido” o más especificó, “pueblo de Dios” y, en consecuencia, como un Estado con un estatus superior y especial. Ante la pregunta directa, varios participantes afirmaron sin dudar que Israel es “tierra de Dios” y, que, por ello, merece la defensa de la comunidad cristiana.

Esta postura no solo elude la responsabilidad de los líderes políticos, sino que incurre en una confusión terminológica entre el Israel bíblico y el Estado moderno fundado en 1948. Al equiparar la entidad política contemporánea con el concepto teológico del «pueblo de Dios», se omiten deliberadamente los factores geopolíticos y económicos que rigen las decisiones estatales. Dicha superposición de los planos teológicos y políticos obstaculiza un análisis crítico de las acciones humanas y sus consecuencias sobre la población civil. Asimismo, esta visión invisibiliza la complejidad histórica y problemática de la fundación del Estado de Israel, proceso que se encontró envuelto en delitos de desplazamiento forzado, acusaciones de limpieza étnica hacia la población palestina, el uso de violencia y terrorismo por ambas partes y la posterior anexión de territorios.    

De igual forma, esta postura también deja de lado a la existencia palestina. Incluso, cuando algunos entrevistados reconocen que Palestina tiene el derecho de la autodeterminación de los pueblos, esta validación termina en segundo plano frente a la idea de que Dios “siempre va a ver por Israel”. En ese sentido, la relación entre Israel y Palestina jamás será simétrica, ya que la jerarquía espiritual de una confesión determinada lo impide.

Orar antes que cuestionar

Otro patrón que ha sido posible evidenciar durante las entrevistas a diversos cristianos ha sido la idea de que el rol del creyente no es cuestionar al Estado de Israel ni sus políticas aplicadas, sino orar. “A nosotros nos toca orar”, afirmaron algunos participantes, enfatizando que el juicio de los acontecimientos no corresponde al ser humano, sino a Dios.

No obstante, esta postura limitante genera al mismo tiempo una tensión para el creyente ya que, aunque varios entrevistados calificaron a la situación como “lamentable” y rechazaron categóricamente cualquier clase de violencia ejercida; al mismo tiempo sostienen firmemente que no corresponde criticar directamente a Israel. En algunos casos, se logra admitir una crítica general a la guerra, pero jamás a las acciones específicas del Estado de Israel.

Esta postura no solo exime de responsabilidad penal a los líderes políticos involucrados, como el primer ministro israelí, sino que simultáneamente genera un marco discursivo orientado a invalidar las denuncias internacionales hacia el Estado de Israel, ya sean impulsadas por actores estatales o por organizaciones multilaterales de defensa de los derechos humanos.

Este escenario evidencia que sí existe empatía hacia las víctimas y un reconocimiento del sufrimiento palestino. No obstante, este mismo sufrimiento es interpretado como consecuencia de decisiones históricas, conflictos antiguos, o parte del cumplimiento bíblico. Es más, en algunas entrevistas, incluso se llega a justificar indirectamente la violencia al señalar que en el Antiguo Testamento también se evidencian episodios donde pueblos enteros fueron arrasados por Dios como parte de un “castigo” divino.  Esto no implica necesariamente una aprobación explícita, pero sí una normalización dentro de un marco religioso.

Un debate limitado por la fe

Los testimonios recolectados durante la Convención Nacional del Movimiento Misionero Mundial Perú 2026 nos demuestran que cuando la fe se interpreta de manera absoluta y literal, y encima es extrapolada hacia acontecimientos políticos actuales, se puede llegar a limitar el análisis y debate crítico. La convicción absoluta sin puerta al cuestionamiento de que los hechos responden a un plan divino reduce la posibilidad de leer y comprender las responsabilidades del sistema internacional, cuestionar decisiones políticas o abrir espacios de diálogo más amplios.

Cabe señalar que esto no significa que todas las comunidades cristianas compartan esta visión, pero sí evidencia cómo, en ciertos sectores, la religión puede convertirse en el principal filtro para entender conflictos complejos.

Ser creyente, amar a Cristo y reconocer el valor de la fe no debería convertirse en elementos que impiden el pensamiento crítico ni la empatía hacia todas las víctimas. Por el contrario, debería llegar a ser una oportunidad para promover una reflexión mucho más profunda, centrada en la solidaridad y amor por el prójimo.

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