El 28 de julio de 2026, la hermana Camila Kellem da Silva Caldas, miembro del Movimiento Misionero Mundial de España, fue víctima de feminicidio en Barcelona a manos de su pareja, identificado por la prensa española como Yarman G. Tenía 34 años y dejó dos hijos pequeños.
Esta tragedia nos invita a mirar con ojos críticos cómo entendemos el papel de la mujer en la sociedad y en el hogar. Y hay algo que conviene decir sin rodeos: ninguna teología puede justificar una relación convertida en cautiverio. La Escritura es clara: «a paz nos llamó Dios» (1 Corintios 7:15). El vínculo que Dios bendice libera, no encarcela; protege, no hiere; da vida, no la arranca.
Cuando el hogar se vuelve un lugar de miedo, ya no estamos ante el pacto que Dios santifica, sino ante su falsificación más cruel.

Ninguna mujer está llamada a soportar la violencia en nombre de la sumisión. Y aquí la Iglesia debe examinarse. Con demasiada frecuencia, pastores y líderes relegan a la mujer a un segundo plano: predican sobre la sujeción, pero callan sobre la protección, y omiten desde el púlpito la realidad de la violencia machista.
Por eso urge una hermenéutica solidaria con el dolor de las mujeres: una lectura de la Biblia que se ponga del lado de la víctima y no del poder que la somete; que desmonte toda doctrina capaz de sacralizar la obediencia hasta la muerte; que defienda activamente a las mujeres frente al feminicidio.
Camila descansa hoy en los brazos de Aquel que la amó desde antes de nacer. A la Iglesia le queda la tarea de los vivos: dejar de relegar y empezar a proteger, para que ningún texto sagrado vuelva a usarse para encadenar a una mujer, y ninguna otra hermana muera esperando la paz a la que Dios nos llamó.











