Tras la reciente eliminación de Brasil durante los octavos de final de la Copa Mundial ante Noruega, una discusión inesperada comenzó a dominar las redes sociales: la influencia de la comunidad evangélica en el fútbol brasileño. Aunque a primera vista pueda parecer una afirmación exagerada o incluso “descabellada” culpar a la fe de un resultado deportivo, la pregunta de fondo resulta legítima y nos invita a interrogarnos si es posible que la religión pueda influir en el deporte, y más aún, si es capaz de transformar la identidad futbolística de una nación.
El fútbol como expresión cultural
Para entender este debate, es necesario partir de una premisa clave: el fútbol brasileño no es solo un deporte, es una expresión cultural profundamente arraigada. Según el interesante artículo del brasileño József Bozsik en su artículo “El fútbol más bello del mundo: qué somos y por qué nos autodestruimos” publicado en el 2024, el fútbol constituye una parte integral de la vida material, emocional y simbólica del pueblo brasileño. En ese sentido, el estilo de juego no es casual ni meramente técnico; es el resultado de una formación social específica, marcada por la mezcla cultural, la flexibilidad y una particular relación con la norma.
Durante décadas, el fútbol brasileño fue entendido como una forma de expresión casi artística. Autores como Gilberto Freyre lo describieron como un “fútbol mulato”, un juego caracterizado por la improvisación, la creatividad, la ruptura de esquemas rígidos y una constante búsqueda de belleza. Era un fútbol dionisíaco, emocional, impredecible, en el que el talento individual y la libertad creativa eran centrales.
Bozsik explica que el histórico tricampeonato mundial de 1970 coronó este estilo; un juego que no fue creado por una sola persona, sino que nació de las entrañas de su propio pueblo. En otras palabras, Brasil no solo jugaba fútbol: jugaba como era. Su estilo era una extensión de su identidad, “con tantas curvas como una hermosa danza”.
Sin embargo, tras la conquista del pentacampeonato en 2002, este modelo libre fue progresivamente desplazado por formas de juego mucho más estructuradas e influenciadas por el fútbol europeo contemporáneo. La disciplina táctica, el orden posicional y la racionalización del juego han ido ganando terreno frente a la improvisación y la espontaneidad. La selección brasileña se vio entonces asfixiada por el auge de los esquemas ultra defensivos, donde la excesiva preocupación por el orden posicional, la disciplina táctica y la consolidación de líneas rígidas con tres centrales y tres mediocampistas de contención provocaron que el contraataque se convirtiera en la única solución y poco a poco la brillantez ofensiva se vaya perdiendo.
Este giro, influenciado por la globalización táctica y el rigor del fútbol europeo contemporáneo, no fue únicamente técnico. Implicó una transformación cultural profunda donde la disciplina, el orden posicional y la racionalización del juego comenzaron a desplazar a la espontaneidad y la libertad creativa.
De futbolistas a «pastores globales»
Es en este punto donde aparece un factor poco discutido, pero cada vez más visible: el crecimiento de la comunidad evangélica en Brasil y su posible influencia dentro del fútbol. En los últimos años, el neopentecostalismo ha experimentado una expansión significativa en la sociedad brasileña, y el fútbol no ha sido ajeno a este proceso. Por el contrario, se ha convertido en uno de sus principales espacios de visibilización.
Según Carmen Rial en su artículo titulado “Religiosidad banal: Atletas brasileños como nuevos misioneros de la diáspora neopentecostal” ha sostenido que, en la actualidad, el fútbol se ha convertido en una de las principales vitrinas de esta expansión de fe. Hoy es habitual observar a futbolistas antes de un partido, señalando al cielo tras anotar un gol, mostrando mensajes religiosos en sus camisetas o participando en grupos de oración dentro de sus equipos. Más aún, varios jugadores han manifestado su intención de convertirse en pastores tras su retiro, evidenciando que la relación con la fe es un eje centran en sus vidas.
Este fenómeno adquiere una dimensión aún más relevante si se considera el alcance mediático del fútbol. Como uno de los espectáculos más consumidos del planeta, cada gesto simbólico realizado por un jugador, ya sea una oración, una frase, una celebración, se convierte en un mensaje amplificado a escala global. En ese sentido, los futbolistas brasileños no solo juegan, sino que comunican, transmiten valores y reproducen visiones del mundo. Actúan, en cierto modo, como “pastores globales” de una religiosidad que se difunde de manera sutil, constante y masiva. En ese marco, la autora sostiene que el fútbol, a través de sus figuras más influyentes, ha alcanzado un nivel de veneración planetaria que incluso puede superar al de muchas religiones tradicionales. Y es precisamente esta centralidad lo que convierte al deporte en una plataforma privilegiada de difusión religiosa.
Según Rial, el neopentecostalismo introduce un conjunto de valores asociados al comportamiento individual como la disciplina, el autocontrol, la obediencia y una ética del éxito vinculada a la fe. Rial defiende que la ética protestante en su manifestación actual de la Teología de la Prosperidad proporciona, por lo tanto, un marco ideal para el cuidado y orden del cuerpo y la mente, fomentando la autodisciplina de los jugadores. Si bien estos valores son altamente funcionales y positivos para el profesionalismo de alto rendimiento, abren una interrogante inevitable cuando se trasladan al terreno de juego, ¿hasta qué punto esta rigidez moral y de comportamiento choca con un estilo históricamente basado en la improvisación, la picardía de la calle, la libertad creativa y la osadía individual?
Según Bozsik, el fútboltradicional brasileño se alimentaba de niveles bajos de represión interna y de una altísima capacidad inventiva. La figura del jugador creativo, impredecible, capaz de romper esquemas, ha sido central en su identidad. En contraste, la internalización de modelos más rígidos, ya sea por influencia europea o por transformaciones culturales como el auge evangélico, fomenta una progresiva estandarización del futbolista, volviéndolo más sumiso al libreto y menos propenso a la rebeldía creativa.
A esto se suma la crítica de diversos analistas sobre la externalización de la culpa en el fútbol moderno, donde el dogmatismo puede derivar en un conformismo deportivo bajo la premisa de que ganar o perder responde únicamente a «la voluntad de Dios», debilitando la autocrítica feroz que exige la élite competitiva.
Un problema cultural y técnico
Esto no significa, bajo ninguna circunstancia, que la religión “haga perder partidos” ni que exista una relación directa entre fe y la victoria de Noruega en los octavos de final. En este sentido, el debate no debería reducirse a una acusación simplista hacia la comunidad evangélica, sino ampliarse hacia una comprensión más compleja del fenómeno. El fútbol, es un fenómeno multifactorial atravesado por infinidad de razones que pueden alterar el resultado en la cancha, como problemas técnicos, crisis institucionales, superioridad deportiva o desfases tácticos.
Sin embargo, sí permite abrir una reflexión más amplia sobre cómo los cambios culturales influyen en las formas de jugar, de entender el fútbol y de construir identidad dentro del campo. Lo cierto es que Brasil enfrenta una tensión entre su tradición futbolística libre e impredecible a métodos estandarizados de orden y control. En ese cruce de caminos, el auge evangélico aparece como un elemento más dentro de un proceso de cambio más amplio.
Quizás, entonces, la verdadera pregunta no sea si la religión está afectando el fútbol brasileño, sino si Brasil está dejando de jugar como Brasil. Y si eso ocurre, el problema ya no será únicamente deportivo, sino profundamente cultural.











