Un niño puede aprender una oración antes de comprender completamente qué significa orar. Puede memorizar un versículo, repetir una canción sobre Jesús o asistir cada domingo a la escuela bíblica. Puede incluso responder correctamente quién es Dios. Pero hay una pregunta que quizá deberíamos hacernos con mayor frecuencia: ¿qué experiencia de Dios está construyendo ese niño a partir de todo lo que le enseñamos?
Hablar de fe e infancia implica mucho más que pensar en programas, materiales didácticos o estrategias para mantener la atención de los niños durante un culto. Implica reconocer que, desde los primeros años, los niños comienzan a construir una comprensión de Dios a partir de lo que escuchan, pero también de lo que experimentan en sus relaciones más cercanas. Por eso, enseñar la fe no consiste únicamente en transmitir contenidos religiosos; también consiste en comunicar, mediante nuestras palabras y nuestras acciones, quién creemos que es Dios.
Esta responsabilidad puede llevarnos a una tensión importante. Por un lado, las familias y las iglesias tienen el deseo legítimo de transmitir la fe cristiana a las nuevas generaciones. Por otro, existe el riesgo de que esa transmisión se convierta en imposición cuando recurrimos al miedo como mecanismo de obediencia: «Dios te va a castigar», «Dios está viendo lo que haces» o «si no obedeces, Dios se va a enojar contigo». Quizá estas expresiones nacen muchas veces de una intención de corregir, pero vale la pena preguntarnos qué ocurre cuando el miedo se convierte en uno de los principales lenguajes con los que un niño aprende a relacionarse con Dios.
Esto no significa que la enseñanza cristiana deba evitar toda referencia a la responsabilidad, el pecado, las consecuencias de nuestras decisiones o la obediencia. El problema aparece cuando el temor sustituye a la relación y cuando la obediencia se busca principalmente mediante la amenaza. Las investigaciones en psicología de la religión sugieren que las representaciones que los niños desarrollan acerca de Dios pueden estar relacionadas con sus experiencias familiares y con la manera en que construyen sus relaciones significativas. Por ejemplo, Saide y Richert (2022)[1] encontraron semejanzas entre los conceptos de Dios de padres e hijos, especialmente en aspectos relacionados con las características mentales atribuidas a Dios, y observaron que algunas prácticas religiosas compartidas entre padres e hijos se asociaban con una mayor correspondencia entre sus representaciones. De manera más específica, Muthert y Schaap-Jonker (2023)[2], al analizar dibujos y narrativas infantiles sobre Dios desde la perspectiva de la teoría del apego, encontraron diferencias entre niños con distintos estilos de apego, observando una mayor presencia de símbolos relacionados con Dios entre los niños con apego seguro. Estos hallazgos no significan que la experiencia familiar determine de manera automática la imagen que un niño tendrá de Dios, pero sí muestran que las relaciones significativas y el contexto en el que se desarrolla la fe forman parte de los factores que pueden influir en su construcción.
La pregunta, entonces, no debería ser solamente qué queremos que nuestros niños crean, sino también cómo estamos acompañando el proceso mediante el cual llegan a creer.
La investigación teológica también nos invita a ampliar la mirada. En su artículo Biblical and Theological Perspectives on Children, Parents, and “Best Practices” for Faith Formation: Resources for Child, Youth, and Family Ministry Today (2008), Marcia J. Bunge[3] sostiene que la formación de la fe de niños y jóvenes requiere reconocer el papel de los padres y fortalecer la colaboración entre la familia y la comunidad de fe. Desde esta perspectiva, acompañar espiritualmente a los niños no es responsabilidad exclusiva de quienes enseñan en la iglesia, sino una tarea compartida en la que padres, cuidadores y comunidades cristianas pueden participar y apoyarse mutuamente.
Esto resulta especialmente significativo porque nuestras iglesias ya cuentan con numerosos recursos para acompañar la infancia: escuelas dominicales, cultos infantiles, campamentos, escuelas bíblicas, grupos pequeños, maestros, líderes, materiales y actividades especiales. Sin embargo, podemos preguntarnos si todos estos esfuerzos están realmente conectados con la vida cotidiana de las familias. La iglesia puede enseñar una historia bíblica el domingo, pero ¿qué sucede con esa historia cuando el niño vuelve a casa? Puede aprender una oración en clase, pero ¿encuentra en su hogar un espacio donde pueda hablar con Dios? Puede escuchar que Dios lo ama, pero ¿la manera en que los adultos lo corrigen, lo escuchan y lo tratan confirma esa verdad?
Una investigación de teología práctica realizada por Bolanle Enang en la Universidad de Pretoria[4], titulada A Home-Centred Approach to Faith Formation in Children in a South African Context (2021), plantea la necesidad de repensar la formación de la fe infantil desde un enfoque centrado en el hogar y apoyado por la iglesia. A partir de su investigación, Enang sostiene que los padres y la familia tienen un papel primario en la formación espiritual de los niños, mientras que la iglesia está llamada a acompañarlos, capacitarlos y fortalecerlos en esta tarea. De este modo, la formación de la fe puede entenderse como una responsabilidad compartida, en la que el hogar constituye un espacio fundamental y la iglesia proporciona acompañamiento, recursos y capacitación. Esta perspectiva permite imaginar la formación cristiana de una manera diferente. Quizá el desafío de nuestras iglesias no sea simplemente crear más actividades para niños, sino crear puentes entre lo que ocurre en la iglesia y lo que ocurre en casa.
Un recurso sencillo podría ser establecer momentos de conversación espiritual en familia. No necesariamente un culto familiar estructurado, ni una clase adicional después de una semana llena de actividades. Podría tratarse de un espacio breve en el que padres e hijos puedan leer juntos un pequeño texto bíblico, hablar sobre lo que comprendieron, expresar preguntas, compartir alguna experiencia de la semana y terminar con una oración.
Lo importante no sería solamente el contenido de la conversación, sino la libertad que existe dentro de ella. Un niño debería poder decir «no entiendo», «no estoy de acuerdo», «¿por qué Dios permite esto?» o incluso «tengo miedo» sin sentir que está haciendo una pregunta incorrecta. El adulto no siempre tendrá una respuesta inmediata. Y quizá una de las respuestas más saludables que pueda ofrecer sea: «No lo sé, pero podemos buscarlo juntos».
De esta manera, la formación de la fe deja de ser solamente un proceso en el que el adulto habla y el niño escucha. Se convierte en un camino compartido de búsqueda, conversación y descubrimiento. La Biblia misma presenta la transmisión de la fe como algo que ocurre dentro de la vida cotidiana. Deuteronomio 6:6-7 habla de enseñar las palabras de Dios a los hijos al hablar de ellas en casa, al caminar, al acostarse y al levantarse. La imagen resulta significativa: la fe no aparece confinada a un salón de clases. Se integra en la vida.
Esto también modifica el papel de los padres y de los líderes. No se trata de convertir a los adultos en expertos capaces de responder todas las preguntas teológicas de un niño, sino en personas dispuestas a acompañarlo. La coherencia de la vida cotidiana puede enseñar tanto como una lección preparada. Un niño observa cómo un adulto pide perdón, cómo enfrenta una dificultad, cómo trata a una persona diferente, cómo reacciona ante el fracaso y cómo ora cuando no sabe qué hacer. Todas esas experiencias participan, de alguna manera, en su comprensión de la fe.
Por eso, una iglesia interesada en la formación espiritual de sus niños podría preguntarse no solamente qué programa ofrecerles, sino también qué herramientas está ofreciendo a sus familias. Podría enviar a casa una pregunta relacionada con la enseñanza del domingo, proponer una pequeña práctica familiar, ofrecer espacios de capacitación para padres o crear encuentros intergeneracionales donde niños y adultos puedan hablar juntos sobre la fe.
No se trata de trasladar toda la responsabilidad a los padres. Precisamente lo contrario: se trata de reconocer que la formación de la fe puede ser una tarea compartida. La investigación teológica de Bunge y el estudio de teología práctica de Pretoria convergen en esta necesidad de fortalecer la relación entre familia e iglesia, entendiendo que ambas pueden contribuir de manera complementaria a la formación espiritual de los niños.
Tal vez entonces la pregunta inicial adquiere una nueva dimensión. No basta con preguntarnos si estamos enseñando a nuestros niños a creer. Tenemos que preguntarnos qué clase de experiencia de fe estamos ayudándolos a construir.
La infancia no necesita una fe basada en el temor para tomarse a Dios en serio. Necesita adultos que puedan hablar de Dios con verdad, pero también con amor; que puedan enseñar convicciones sin ridiculizar las preguntas; que puedan corregir sin amenazar; que puedan reconocer cuando no tienen una respuesta; y que puedan mostrar con su propia vida aquello que enseñan con sus palabras.
La iglesia tiene recursos. Las familias tienen experiencias. Los niños tienen preguntas. Quizá lo que necesitamos no sea solamente añadir una nueva actividad al calendario, sino aprender a conectar todo lo que ya tenemos para que la fe pueda ser vivida también fuera de las paredes del templo.
Porque formar la fe de un niño no consiste únicamente en enseñarle a hablar acerca de Dios. Consiste también en ayudarlo a descubrir que puede acercarse a Dios con confianza, hacer preguntas, crecer en comunidad y encontrar en quienes lo acompañan un reflejo coherente del amor que la iglesia proclama.
Y quizá ahí comienza una forma más saludable de enseñar la fe: no intentando controlar el camino espiritual del niño, sino acompañándolo mientras aprende a caminarlo.
[1] Saide y Richert (2022): Relación entre las representaciones de Dios de padres e hijos y las prácticas religiosas compartidas. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC9544111/?utm_source
[2] Muthert y Schaap-Jonker (2023): Dibujos infantiles de Dios y su relación con diferentes estilos de apego. https://link.springer.com/chapter/10.1007/978-3-030-94429-2_11?utm_source
[3] Bunge (2008) → perspectiva bíblica y teológica sobre niños, padres y formación de la fe. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1540-6385.2008.00414.x
[4] Enang (2021) → formación de la fe centrada en el hogar y acompañada por la iglesia. https://repository.up.ac.za/items/4f334dcc-a490-4a9c-9710-7fb52cd1b95c











