En una reciente entrevista para Panamericana TV, el líder de Renovación Popular, Rafael López Aliaga, declaró abiertamente que no “reconoce” a Roberto Sánchez como candidato legítimo para participar en la segunda vuelta electoral. “Para nada”, respondió tajante al ser consultado directamente, insistiendo que la presencia del líder de Juntos por el Perú en el balotaje es producto de un supuesto “inflado” electoral. “Es un señor que nadie ha votado por él”, disparó, desestimando la voluntad popular de aquellos ciudadanos que decidieron, libremente, otorgar su voto y respaldar la izquierda.
Al mismo tiempo de desconocer a Sánchez, López Aliaga dirige también sus cuestionamientos hacia la lideresa de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, a quien acusó de complicidad por no denunciar el presunto fraude e incluso haber estado ligada al mismo sistema que – según su narrativa – lo habría perjudicado. “Ella estaba ligando la trampa”, afirmó, marcando una distancia que rompe con la expectativa tradicional de alineamiento publico dentro de la derecha peruana.
Esta doble negación coloca a López Aliaga en un limbo discursivo de su propia creación: por un lado, desconoce al candidato de la izquierda y, por el otro, invalida a la de la derecha. Sin poseer pruebas concluyentes que respalden la afirmación del fraude, el candidato con la tercera mayor cantidad de votos sigue sostenido que este proceso fue una “trafa”.
No obstante, cuando la entrevistadora lo confrontó con las contradicciones de su postura, como el hecho de que su propia bancada asumirá curules en el Congreso dentro del sistema que él tacha de corrupto, su respuesta fue la siguiente: “no podemos dejar al país así”.
A la par de sus denuncias, López Aliaga mostró una absoluta resistencia a la autocrítica respecto al resultado de los comicios del pasado 12 de abril. Frente a la posibilidad de que su discurso confrontacional, sus constantes exabruptos o la falta de propuestas técnicas hubieran ahuyentado al electorado moderado, el líder del partido celeste evitó cualquier reflexión de fondo. «Haré un mea culpa más adelante», esquivó, para de inmediato pasar a victimizarse y reivindicar su campaña.
“Yo me he sacado el lomo a nivel nacional, yendo pueblo por pueblo (…) ninguna persona ha hecho la campaña que hay que hacer, ciudad por ciudad, foro por foro”.
Es más, cualquier cuestionamiento a su estrategia fue descartado de plano por el político, quien tildó las críticas de ser una «narrativa de izquierda» diseñada para tapar el supuesto fraude.
Bajo la lógica de López Aliaga, el esfuerzo físico y el «sacrificio político» de viajar por las regiones del país deberían traducirse de manera automática y mecánica en votos. Al hacer esto, el líder de Renovación Popular olvida que el respaldo ciudadano no es una transacción por horas de viaje, sino el resultado de una evaluación crítica del electorado sobre el mensaje, las propuestas, la madurez, afinidad o la simpatía del candidato.
Al final, la posición de López Aliaga deja más preguntas que certezas. No se trata solo de a quién apoya o deja de apoyar, sino de cómo entiende la democracia cuando el resultado no le favorece.















