Hubo un tiempo en que ver dibujos animados implicaba estar frente al televisor a una hora determinada. Había que esperar el programa, ver el episodio disponible y, muchas veces, compartirlo con los hermanos. Hoy la experiencia es diferente. Un niño puede acceder a una enorme cantidad de contenidos desde distintas plataformas y dispositivos, en cualquier momento del día. La transformación no consiste únicamente en que hayan cambiado los dibujos animados; también ha cambiado la manera en que los niños se relacionan con las historias que consumen.
Ante esta realidad, una pregunta aparece con frecuencia dentro de las familias cristianas: ¿qué hacemos con los contenidos que nuestros niños quieren ver cuando no han sido producidos desde una perspectiva cristiana? Y detrás de ella aparece otra pregunta todavía más compleja: ¿todo aquello que no es cristiano debe considerarse pecado?
Responder de manera automática podría parecer sencillo: si algo no habla de Dios, si no contiene un mensaje cristiano o si procede de una cultura considerada secular, entonces debería evitarse. Sin embargo, esta clasificación puede resultar insuficiente cuando intentamos pensar teológicamente nuestra relación con la cultura.
La tradición cristiana ha tenido que enfrentarse constantemente a la pregunta sobre cómo relacionarse con aquello que se encuentra fuera de la comunidad de fe. El problema no es nuevo; lo que ha cambiado son las formas culturales que encontramos. Hoy, una de esas formas se encuentra en las películas, series, dibujos animados, videojuegos y plataformas digitales que forman parte de la experiencia cotidiana de los niños.
Por eso, quizá la pregunta no debería ser únicamente si un contenido es «cristiano» o «no cristiano», sino qué comunica ese contenido y cómo está siendo recibido por quien lo observa.
Los dibujos animados no están necesariamente desprovistos de contenido moral. Las historias presentan personajes que toman decisiones, enfrentan conflictos, reciben consecuencias y representan determinadas maneras de relacionarse con los demás. Una investigación realizada por Eider Oregui, Ana Aierbe y Jesús Bermejo (2019)[1], con la participación de 186 estudiantes de Educación Primaria, analizó la capacidad de los niños para identificar valores y contravalores presentes en los dibujos animados. Los resultados mostraron que la estructura narrativa del contenido tenía una mayor incidencia en esta identificación que otros factores personales, como la edad, el curso, el sexo y el nivel de atención.
Investigaciones más recientes continúan explorando esta relación. En 2026, Eider Oregui-González, Alaitz Etxaniz-Aranzeta, Amaia Lojo-Novo y Sandra Rodríguez-Miguel[2], de la Universidad del País Vasco, estudiaron cómo niños de 8 a 12 años interpretaban escenas de dibujos animados que contenían estereotipos y conflictos relacionados con los roles sociales. Los investigadores observaron que, en general, los niños podían identificar acciones correctas e incorrectas, intenciones, consecuencias, valores y contravalores, así como distintas emociones. Los autores plantean que este tipo de contenidos puede convertirse también en una oportunidad para desarrollar el razonamiento moral y el pensamiento crítico.
Esto resulta significativo para una reflexión cristiana porque nos recuerda que los niños no solamente están viendo historias: también están interpretando el mundo a través de ellas.
Un personaje que miente, otro que perdona, uno que utiliza la violencia para resolver un conflicto, otro que ayuda a alguien diferente o uno que sacrifica algo por sus amigos puede estar transmitiendo determinadas ideas sobre lo que significa actuar bien o mal. Incluso cuando una historia no pretende enseñar una lección moral, puede presentar una determinada comprensión de la vida.
Pero también aquí necesitamos evitar una conclusión apresurada. Que un contenido transmita valores no significa que todos sus valores sean necesariamente buenos o malos en su totalidad. Una misma historia puede contener elementos que merezcan ser cuestionados y otros que puedan ser reconocidos como valiosos. Incluso una producción que no contiene referencias explícitas a la fe cristiana puede presentar temas como la amistad, la solidaridad, el sacrificio, el perdón, la justicia o el cuidado de los demás.
Esto plantea una cuestión teológica interesante: ¿podemos reconocer algo verdadero o bueno en una historia que no fue producida desde la fe cristiana?
La respuesta requiere discernimiento.
Pablo escribe a la iglesia de Tesalónica: «Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Ts 5:21). El texto no presenta una actitud de aceptación indiscriminada, pero tampoco propone un rechazo automático de aquello que se encuentra fuera de la comunidad. Existe primero una acción de examen. Hay algo que debe ser probado, considerado y discernido antes de decidir qué conservar. Esta perspectiva puede ayudarnos a pensar de otra manera nuestra relación con los dibujos animados. El discernimiento cristiano no consiste solamente en identificar aquello que debemos rechazar; también implica reconocer, comprender y valorar aquello que puede ser verdadero, bueno o significativo.
Esto resulta todavía más importante cuando observamos cuánto ha cambiado el entorno mediático de la infancia. La Academia Americana de Pediatría (AAP)[3] señala que los medios digitales forman parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes y que sus experiencias digitales pueden ofrecer oportunidades de aprendizaje, creatividad y conexión, pero también presentar riesgos. Por ello, su enfoque actual no se limita a considerar cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, sino que también invita a prestar atención al contenido, al contexto y a la manera en que los medios se integran en la vida cotidiana.
La diferencia entre las generaciones, entonces, no debería plantearse simplemente como una comparación entre dibujos «antiguos» y dibujos «modernos». Los contenidos del pasado también transmitían valores, estereotipos y determinadas concepciones sobre la vida. La diferencia importante es que hoy los niños viven dentro de un entorno mediático mucho más amplio, accesible y permanente.
Antes podía ser necesario esperar a que comenzara un programa. Hoy las historias llegan a través de plataformas, recomendaciones y dispositivos personales. El desafío no es solamente decidir qué contenido entra en casa, sino comprender que los medios forman parte de un ambiente cultural mucho más amplio.
Por eso, la formación cristiana no puede limitarse a producir una lista de contenidos permitidos y prohibidos. Una lista puede establecer límites, pero no necesariamente desarrolla discernimiento. La pregunta más profunda es qué ocurre cuando un niño aprende progresivamente a mirar una historia y preguntarse qué está mostrando.
Un estudio experimental realizado por Elizabeth M. D. Bonus y sus colaboradores (2024)[4], con 98 niños de entre 3 y 8 años, analizó cómo la manera de presentar un mensaje prosocial dentro de una historia animada influía en su comprensión. Los investigadores compararon distintas versiones de una historia sobre inclusión y exclusión y encontraron que, en general, los niños comprendían mejor el mensaje prosocial cuando la inclusión ocupaba una mayor parte de la narración. Los resultados sugieren que la forma en que se construye una historia puede influir en la manera en que los niños comprenden el mensaje que esta busca transmitir.
Esto nos recuerda algo importante: los niños no siempre reciben exactamente el mensaje que los adultos creen que una historia está transmitiendo. Una película puede terminar con una enseñanza aparentemente correcta, pero el camino recorrido para llegar a ella también comunica. Los personajes, sus decisiones, las consecuencias, el humor y aquello que la historia presenta repetidamente como deseable o aceptable forman parte de su mensaje. Aquí la conversación entre fe e infancia adquiere otra profundidad. No se trata solamente de preguntarnos si podemos o no podemos permitir determinado dibujo animado. Se trata de preguntarnos qué herramientas estamos ofreciendo a los niños para interpretar las historias que encuentran.
En ese sentido, quizá la pregunta «¿es cristiano?» sea demasiado pequeña para una realidad cultural tan amplia. Una pregunta más rica podría ser: ¿qué visión de la persona, del bien, del mal, de las relaciones y de la vida está presentando esta historia?
Y todavía podemos ir un paso más allá: ¿qué está comprendiendo el niño de todo ello?
La respuesta no será igual para todos los niños. La edad, la madurez, el contexto familiar y la capacidad de interpretar una historia influyen en la manera en que se recibe un contenido. Por eso, el discernimiento tampoco puede separarse del acompañamiento.
La fe cristiana no exige rechazar automáticamente toda historia que venga de fuera de sus propias fronteras. Tampoco implica aceptar sin cuestionamiento todo aquello que la cultura ofrece. Puede aprender a mirar, examinar y discernir.
Quizá esta sea una de las tareas más importantes de la formación cristiana en la infancia: no enseñar únicamente al niño qué debe evitar, sino ayudarlo a desarrollar la capacidad de preguntar qué está viendo.
Porque un niño que solamente aprende qué está prohibido depende en gran medida de que otro le indique qué puede mirar. En cambio, un niño que aprende a discernir comienza, poco a poco, a desarrollar criterios para evaluar aquello que encuentra, incluso cuando los adultos no están presentes.
La formación de la fe, entonces, también puede ocurrir frente a una pantalla. No porque toda pantalla sea un espacio de formación cristiana, sino porque allí también aparecen preguntas sobre la verdad, la justicia, el perdón, la violencia, la amistad, la dignidad y el valor de las personas. Tal vez el desafío de la iglesia en esta generación no sea crear una versión cristiana de cada historia que los niños encuentran, sino formar niños capaces de encontrarse con las historias de su tiempo sin perder la capacidad de pensar desde su fe.
No todo lo que está fuera de nuestras categorías religiosas debe ser aceptado. Pero tampoco todo aquello que no lleva una etiqueta cristiana necesita ser rechazado automáticamente. Entre la aceptación ingenua y el rechazo absoluto existe un camino antiguo de la fe: examinar, discernir y retener lo bueno.
Y quizá sea precisamente ese camino el que necesitamos enseñar a nuestros niños.
[1] Oregui, Aierbe y Bermejo (2019): Investigación con 186 estudiantes de Educación Primaria sobre la identificación de valores y contravalores en dibujos animados y la influencia de la estructura narrativa en esta interpretación.
https://revistas.um.es/analesps/article/view/331441
[2] Oregui-González, Etxaniz-Aranzeta, Lojo-Novo y Rodríguez-Miguel (2026): Estudio sobre cómo niños de 8 a 12 años interpretan escenas de dibujos animados relacionadas con estereotipos sociales, valores, contravalores, emociones y razonamiento moral. https://doi.org/10.1016/j.actpsy.2026.107174?utm_source
[3] American Academy of Pediatrics (2025): Documento sobre niños, adolescentes y ecosistemas digitales, que destaca la importancia de considerar no solo el tiempo de pantalla, sino también el contenido, el contexto y las características de las experiencias digitales. https://doi.org/10.1542/peds.2025-075320?utm_source=chatgpt.com
[4] Bonus y colaboradores (2024): Estudio experimental con 98 niños de 3 a 8 años sobre cómo la forma de presentar mensajes de inclusión y exclusión dentro de una historia animada influye en su comprensión. https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/15205436.2024.2404626











