Hace unos días, un video de un soldado de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) golpeando con un mazo la cabeza de una estatua de Jesús crucificado en la aldea cristiana de Debl, en el sur del Líbano generó indignación en redes sociales, especialmente en las comunidades cristianas.
La reacción oficial no tardó. Las propias fuerzas israelíes confirmaron la autenticidad del hecho y calificaron la conducta como “inconsistente” con los valores del ejército, prometiendo medidas disciplinarias urgentes. En la misma línea, el primer ministro Benjamín Netanyahu expresó enérgicamente su rechazo, señalando que el acto era condenable. De igual manera, el canciller Gideon Saar también condenó el acto y prometió garantizar la investigación penal.
Following the completion of an initial examination regarding a photograph published earlier today of an IDF soldier harming a Christian symbol, it was determined that the photograph depicts an IDF soldier operating in southern Lebanon.
— Israel Defense Forces (@IDF) April 19, 2026
The IDF views the incident with great… https://t.co/U6P3x8KWBb
De igual manera, utilizaron la oportunidad para afirmar que las FDI están operando para desmantelar el terrorismo de Hezbolá establecido en el sur del Líbano y que no tienen la intención de dañar la infraestructura civil. No obstante, esta postura es incoherente con su actuar.
Desde el comienzo de la ofensiva militar israelí en el Líbano, en tan solo seis semanas, más de 2 mil libaneses han perdido la vida debido a los fuertes bombardeos, al menos 1,2 millones de civiles han sido desplazados y comunidades enteras han quedado absolutamente devastadas. También se han registrado y documentado bombardeos y ataques contra trabajadores sanitario, acciones que el Derecho Humanitario considera como crímenes de guerra.
Los conflictos armados también deben cumplir con reglamentos específicos que garanticen el menor impacto posible en la población civil. Estas normas no son opciones, sino obligatorias para cualquier Estado. Cuando estos principios se vulneran, no estamos ante daños colaterales inevitables, sino ante posibles violaciones graves.
Mientras una estatua destruida genera pronunciamientos inmediatos, condenas públicas e investigaciones anunciadas, la magnitud de la violencia que se vive en la región parece no generar la misma urgencia discursiva. Entonces, ¿Qué es lo que realmente estamos priorizando?
¿Acaso una estatua vale más que los miles de vidas perdidas? ¿Por qué no hemos escuchado un perdón con la misma contundencia por los miles de niños que han quedado huérfanos? ¿Dónde están las explicaciones frente a las víctimas civiles, frente a las familias destruidas, frente al sufrimiento acumulado que rara vez ocupa titulares israelíes con la misma intensidad? ¿o por los cientos de videos que muestran a las FDI asesinado, abusando y torturando a palestinos y, ahora, a libaneses?
El propio discurso oficial israelí insiste en que sus operaciones buscan desmantelar estructuras de Hezbolá y que no existe intención de dañar infraestructura civil. No obstante, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, anunció que las FDI demolerían “todas las viviendas” de las localidades fronterizas donde asegura que Hezbolá se infiltra. En este sentido, el actuar de Israel plantea serios cuestionamientos sobre la proporcionalidad y ejecución de dichas operaciones. La guerra, por definición, implica tragedia, pero eso no exime a los actores de responsabilidad.
No se cuestiona si destruir la estatua es Jesús es condenable – porque sí lo es – sino, por qué la destrucción de vidas humanas no genera el mismo nivel de reacción política y mediática. La indignación israelí parece tener escalas distintas dependiendo del hecho, del contexto o del actor.
















