El uso de la identidad personal y las creencias religiosas vuelve a ubicarse en la herramienta política de la campaña electoral de Rafael López Aliga. En el escenario totalmente polarizado, las estrategias desplegadas en redes sociales del líder de Renovación Popular se caracterizan por buscar apelar a su condición de “verdadero cristiano para captar el voto conservador y, al mismo tiempo, deslegitimar a su principal contendor Carlos Bruce.
No podemos tener un alcalde asi. Lo mueve la fraternidad cristiana o el egoísmo y la codicia? pic.twitter.com/DClqF1yQIC
— Rafael López Aliaga (@rlopezaliaga1) August 23, 2026
Estos ataques de López Aliaga contra la fe de Carlos Bruce corresponden a cuestionamientos conforme a su identidad. Bruce es un personaje clave en la historia política peruana por ser el primer político de alto perfil en declararse abiertamente homosexual y defender activamente agendas de derechos civiles como la Ley de Unión Civil.
Desacreditarlo bajo el velo del “ateísmo” actúa en la práctica como un eufemismo que instrumentaliza el prejuicio social y desplaza la discusión sobre propuestas de gestión urbana hacia un juzgamiento moral sobre la vida privada y los valores personales del candidato.
Asimismo, pedir a la ciudadanía que vote por candidatos cristianos por el simple hecho de compartir esa confesión responde a una clara estrategia de instrumentalización de la fe. Esta narrativa equipara erróneamente el ser creyente con ser un buen gestor, representar de forma automática los verdaderos valores cristianos o ser una «buena persona». Sin embargo, la fe individual no garantiza ética, eficiencia ni sensibilidad social en la administración pública. Reducir la aptitud de un gobernante a sus creencias religiosas no es solo una falacia, sino que también logra desplazar el debate público de lo verdaderamente importante, como lo es la capacidad técnica y las propuestas concretas destinadas a responder a las principales demandas de la ciudadanía.
