Ciencias Bíblicas

El ministerio de la mujer dentro de la Iglesia

¿Estamos reconociendo, formando y acompañando plenamente a las mujeres que Dios ha llamado a servir? ¿Hasta qué punto nuestras estructuras eclesiales reconocen los dones que Dios ha otorgado a las mujeres?

Hablar del ministerio de la mujer dentro de la iglesia implica mucho más que discutir qué actividades puede realizar o qué cargos puede ocupar. Es una conversación que nos lleva a preguntarnos cómo entendemos el llamado de Dios, los dones espirituales, el liderazgo y la misión de la iglesia. También nos invita a revisar si nuestras estructuras eclesiales reflejan plenamente la diversidad de dones que Dios ha entregado a su pueblo.

A lo largo de la historia bíblica encontramos mujeres que participaron activamente en los propósitos de Dios. Estas historias han demostrado que la mujer no aparece en las Escrituras únicamente como receptora de la acción divina, sino también como protagonista, testigo, líder, discípula y servidora. Por ello, reflexionar sobre el ministerio de la mujer no significa introducir una preocupación contemporánea dentro de la iglesia, sino volver a mirar un tema que ya encontramos presente en el testimonio bíblico.

Creados a imagen de Dios

El punto de partida debe encontrarse en la creación. Génesis 1:27 declara: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”.

Antes de hablar de funciones, cargos o responsabilidades, la Biblia establece una verdad fundamental: tanto el hombre como la mujer han sido creados a imagen de Dios. La dignidad de la mujer, por tanto, no depende de la posición que ocupe dentro de una institución religiosa. Su valor proviene de Dios mismo.

Esta afirmación resulta importante porque muchas veces nuestra comprensión del ministerio comienza por las estructuras: quién puede dirigir, quién puede enseñar, quién puede predicar o quién puede ocupar determinado cargo. Sin embargo, bíblicamente el punto de partida es anterior: somos personas creadas por Dios y llamadas a participar de su propósito.

Mujeres que participaron en la misión de Dios

La historia bíblica presenta numerosos ejemplos de mujeres que participaron activamente en el plan de Dios. Débora aparece en Jueces 4–5 como profetisa y jueza de Israel. Su liderazgo tuvo lugar en un momento de crisis nacional y su autoridad fue reconocida por el pueblo.

Miriam es presentada como profetisa y participa junto con Moisés y Aarón en la historia del pueblo de Israel. Ana, por medio de su oración y consagración, se convierte en una figura significativa dentro de la historia de Samuel. Rut, una mujer extranjera, pasa a formar parte de la genealogía de David. Ester utiliza su posición para intervenir en favor de su pueblo. Estas historias tienen algo en común: Dios no se limita a utilizar a las mujeres en un único tipo de servicio. Sus llamados aparecen en diferentes contextos y adquieren diferentes formas. Esto nos recuerda que el ministerio no debería reducirse a una lista predeterminada de funciones asociadas al género. Dios llama a personas concretas y distribuye dones de acuerdo con su voluntad.

Jesús y una nueva mirada hacia la mujer

En el ministerio de Jesús encontramos otro elemento fundamental. En un contexto social donde las mujeres enfrentaban limitaciones sociales, religiosas y culturales – como un acceso más restringido a espacios de aprendizaje formal de la ley, una participación limitada en determinados espacios públicos y una menor visibilidad dentro de la vida religiosa–, Jesús se relacionó con ellas de una manera que revelaba su dignidad y valor.

Jesús conversó públicamente con la mujer samaritana y permitió que su encuentro con ella se convirtiera en una oportunidad para dar testimonio a otros (Juan 4). Recibió a María de Betania como discípula que se sentaba a sus pies para escuchar su enseñanza (Lucas 10:38-42). También permitió que mujeres acompañaran y sostuvieran su ministerio (Lucas 8:1-3). Y existe un acontecimiento especialmente significativo: después de su resurrección, Jesús se manifestó a María Magdalena y le encomendó comunicar la noticia a sus discípulos (Juan 20:11-18).

Una mujer fue enviada a anunciar uno de los acontecimientos centrales de la fe cristiana: Cristo ha resucitado.

Esto no significa que todas las diferencias existentes entre hombres y mujeres dentro de las distintas tradiciones cristianas desaparezcan automáticamente. Sin embargo, sí demuestra que no podemos presentar a la mujer como una figura secundaria dentro de la historia de la misión de Dios.

La mujer en la iglesia primitiva

La participación de las mujeres continúa después de la resurrección y Pentecostés. En Hechos 2:17-18, Pedro anuncia el cumplimiento de la profecía de Joel: “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán”. La promesa del Espíritu Santo alcanza tanto a hombres como a mujeres.

Las cartas del Nuevo Testamento también presentan mujeres involucradas en la misión de la iglesia. Pablo menciona a Febe, a quien presenta como servidora de la iglesia en Cencrea y a quien recomienda a la comunidad cristiana de Roma (Romanos 16:1-2). También menciona a Priscila, a quien identifica como colaboradora en Cristo (Romanos 16:3-5).

El lenguaje utilizado por Pablo es significativo. Estas mujeres no aparecen simplemente como personas que asistían a las reuniones. Son recordadas por su servicio, colaboración y trabajo en favor del evangelio.

Por tanto, cuando hablamos del ministerio de la mujer, encontramos precedentes bíblicos que nos obligan a reconocer que su participación en la misión cristiana no es una novedad moderna.

El ministerio como don y llamado

Llegados a este punto, es necesario preguntarnos qué entendemos realmente por ministerio. El ministerio cristiano no consiste únicamente en ocupar una posición dentro de una organización. Ministerio significa servicio. En 1 Pedro 4:10 encontramos una afirmación fundamental: “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros”. El énfasis está en el don recibido y en su utilización para beneficio de los demás.

Una mujer puede servir mediante la enseñanza, el discipulado, la evangelización, la oración, la consejería, las misiones, la música, la educación cristiana, el trabajo con niños y adolescentes, la administración, el acompañamiento pastoral, el servicio social y muchas otras áreas. Pero existe una distinción importante entre tener un ministerio y ocupar un cargo dentro de una estructura eclesial. Una persona puede poseer dones pastorales, capacidad de liderazgo, preparación teológica y una trayectoria de servicio sin que necesariamente todos esos dones conduzcan a los mismos niveles de responsabilidad institucional. Aquí aparece una pregunta que merece ser considerada con seriedad: ¿hasta qué punto nuestras estructuras eclesiales reconocen los dones que Dios ha otorgado a las mujeres?

Del servicio al liderazgo

Esta pregunta se vuelve particularmente importante cuando observamos que, en muchas iglesias, las mujeres participan ampliamente en el servicio, pero su presencia disminuye a medida que se asciende dentro de determinadas estructuras de autoridad.

Las diferencias existentes no deben interpretarse automáticamente como discriminación, y tampoco debemos ignorar las distintas interpretaciones que existen dentro del cristianismo acerca del liderazgo pastoral y la ordenación. Existen argumentos teológicos diversos y deben ser tratados con respeto y seriedad. Sin embargo, también es válido preguntarnos si algunas prácticas que consideramos tradicionales son realmente el resultado de una convicción bíblica estudiada o si, en determinados casos, han sido influenciadas por factores culturales e históricos.

La iglesia está llamada a distinguir entre lo que constituye una convicción bíblica y aquello que simplemente hemos heredado como costumbre.

Una mirada a nuestra propia tradición

Esta reflexión adquiere especial relevancia cuando observamos nuestra propia realidad denominacional. La iglesia de Dios, con presencia en América Latina, cuenta actualmente con mujeres que desarrollan responsabilidades importantes dentro de la misión y estructura de la iglesia. La existencia del ministerio de la mujer IDDLA–Conectadas, así como la participación de mujeres en diferentes áreas de liderazgo y formación, demuestra que la mujer no ocupa un lugar marginal dentro de nuestra denominación.

Esto representa un avance importante y debe ser reconocido.

Sin embargo, también nos invita a plantear una pregunta más profunda: si reconocemos que las mujeres poseen dones espirituales, capacidad de liderazgo, preparación ministerial y un llamado para servir a Dios, ¿cómo determinamos cuáles son los límites de ese llamado dentro de nuestras estructuras?

La intención tampoco es establecer una competencia entre hombres y mujeres ni presentar una posición determinada como un derecho que deba concederse automáticamente. La pregunta es más sencilla y, al mismo tiempo, más profunda: ¿Cómo discierne la iglesia el llamado de Dios sobre la vida de una mujer?

Sarah Mullally: una historia que invita a pensar

En este punto resulta interesante observar lo que ha sucedido en otras tradiciones cristianas. Sarah Mullally, perteneciente a la iglesia de Inglaterra, fue ordenada como ministra en 2002 y posteriormente consagrada como obispa en 2015. En 2018 se convirtió en obispa de Londres. En 2025 fue designada arzobispa de Canterbury y asumió oficialmente el cargo el 25 de marzo de 2026, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar esa posición histórica. Su caso no pertenece a la tradición de la iglesia de Dios y, por esa razón, no puede utilizarse como una prueba automática de lo que nuestra denominación debería hacer. Las tradiciones eclesiales poseen diferentes interpretaciones sobre la ordenación, el episcopado y el liderazgo.

Sin embargo, su historia sí puede servirnos como espejo. Una mujer llegó a ocupar uno de los cargos de mayor responsabilidad dentro de una de las instituciones cristianas históricas más importantes del mundo. Esto ocurrió después de un proceso de formación, servicio y reconocimiento ministerial. La pregunta, entonces, no necesariamente es: “¿Por qué nuestra iglesia no hace lo mismo?”. Una pregunta mucho más constructiva sería: ¿Qué criterios utiliza nuestra iglesia para reconocer hasta dónde puede llegar el llamado ministerial de una mujer? El centro de esta conversación debería estar en reconocer los dones que Dios ha dado, no en pensar el ministerio como una disputa por espacios.

Uno de los errores que podemos cometer en esta conversación es plantearla como una lucha por espacios. El ministerio cristiano no debería funcionar bajo la lógica de “si una mujer ocupa un lugar, un hombre lo pierde”. El Reino de Dios no es una competencia por posiciones. Pablo utiliza la imagen del cuerpo para describir a la iglesia. Un cuerpo necesita diferentes miembros, diferentes funciones y diferentes dones. La diversidad no destruye la unidad; la hace posible. Por eso, reconocer los dones de las mujeres no significa disminuir el valor de los hombres. Por el contrario, significa reconocer que Dios ha distribuido sus dones de manera diversa dentro del cuerpo de Cristo. La verdadera pregunta no debería ser quién tiene más autoridad, sino cómo podemos ser una iglesia en la que cada persona utilice fielmente los dones que Dios le ha dado. Una iglesia que forma y acompaña a sus mujeres. Reconocer el ministerio femenino implica también una responsabilidad.

No basta con decir que las mujeres tienen dones. La iglesia debe ofrecerles oportunidades de formación bíblica y teológica, acompañamiento pastoral, espacios de servicio y posibilidades reales para desarrollar sus capacidades. Una mujer que posee dones de enseñanza necesita formación para enseñar bien. Una mujer con capacidad de liderazgo necesita acompañamiento para ejercer ese liderazgo con carácter cristiano.

Una mujer llamada al discipulado necesita herramientas para acompañar a otras. Y una mujer que siente un llamado ministerial necesita una comunidad capaz de discernir ese llamado con ella. El verdadero desafío consiste en reconocer los dones que Dios ha dado, más que en entender esta conversación como una redistribución de espacios. Una mujer preparada no representa una amenaza para la iglesia, sino una oportunidad para fortalecerla. Reconocer, formar y acompañar sus dones es el desafío que tenemos por delante.

La conversación sobre el ministerio de la mujer no debería reducirse a la pregunta de si una mujer puede o no ocupar determinado cargo. La cuestión más profunda es cómo entendemos el llamado de Dios. Si creemos que el Espíritu Santo distribuye dones, debemos preguntarnos cómo los discernimos. Si creemos en el sacerdocio de todos los creyentes, debemos preguntarnos cómo se expresa ese principio en nuestras estructuras. Si afirmamos que las mujeres forman parte de la misión de Dios, debemos preguntarnos cómo podemos acompañarlas para que desarrollen plenamente los dones que han recibido. Y si existen límites teológicos para determinadas funciones ministeriales, debemos ser capaces de explicar esos límites desde una interpretación bíblica seria, y no simplemente desde la tradición.

La iglesia no pierde su identidad cuando se atreve a hacerse preguntas. Al contrario, una iglesia madura es aquella que puede examinar sus prácticas a la luz de las Escrituras y discernir continuamente cómo ser fiel a su misión.

Conclusión: ¿qué hacemos con los dones que Dios nos ha dado?

La Biblia nos presenta mujeres que oraron, enseñaron, lideraron, acompañaron, evangelizaron, profetizaron y anunciaron la obra de Dios. Jesús dignificó a las mujeres y permitió que fueran parte activa de su ministerio. La iglesia primitiva reconoció a mujeres como colaboradoras y servidoras del evangelio. La historia de la iglesia continúa mostrando diferentes maneras de comprender y desarrollar el ministerio femenino. Algunas tradiciones han abierto determinados espacios de liderazgo; otras han establecido límites diferentes. La iglesia de Dios Latinoamérica también posee su propia historia, sus convicciones y sus estructuras. Por eso, la conversación debería partir de nuestra propia identidad, de nuestras convicciones y de las preguntas que surgen delante de Dios y de su Palabra, antes que de intentar imitar a otra denominación.

¿Estamos reconociendo, formando y acompañando plenamente a las mujeres que Dios ha llamado a servir? Quizá el desafío de la iglesia no sea simplemente abrir más posiciones para las mujeres.

Quizá el desafío sea mucho más profundo: descubrir qué dones ha puesto Dios en ellas y tener la sabiduría para no desperdiciarlos. Porque cuando una iglesia reconoce los dones que Dios ha dado a sus mujeres, no está simplemente dando oportunidades. Está cuidando los recursos que Dios mismo ha puesto dentro de su iglesia para el cumplimiento de su misión.

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