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La Navidad durante la Primera Guerra Mundial: cuando la paz fue posible

Durante la Gran Guerra, la navidad y un partido de fútbol logró unir a jóvenes que, por decisiones ajenas, fueron obligados a ser enemigos. Hoy, ese gesto humano nos recuerda que mientras los líderes deciden las guerras, es la población quien siempre paga el precio más alto.

En pleno caos devastador de la Primera Guerra Mundial, la Navidad de 1914 dejó uno de los episodios más simbólicos de la histórica contemporánea. En distintos puntos del frente occidental, soldados alemanes, franceses y británicos, depusieron sus armas de manera espontánea y cruzaron las trincheras para compartir villancicos, intercambiar comida y cigarrillos e incluso jugar un improvisado partido de fútbol en la llamada “tierra de nadie”. 

Este episodio, conocido como la Tregua de Navidad, no fue ordenado por los altos mandos ni respondía a una estrategia militar, simplemente fue un gesto humano que emergió desde el corazón de los soldados, quienes, a pesar de estar enfrentados oficialmente, compartían las mimas penumbras: el mismo frío, miedo y nostalgia por regresar a sus hogares. Cuando comenzó la guerra, se les había prometido a los jóvenes que estarían en casa para navidad, no obstante, las circunstancias lo impidieron. En este sentido, por tan solo unas horas, la lógica de la guerra fue suspendida por la necesidad elemental de reconocerse como seres humanos.

Más de un siglo después, la imagen de aquel compartir navideño en las trincheras resuena con fuerza en un mundo nuevamente atravesado por conflictos armados, guerras prolongadas y crisis humanitarias. En el 2025, la Navidad aparece como un símbolo incomodo frente a las adversidades internacionales, pero al mismo tiempo como una señal potente, no el de la victoria ni el poder, sino el de la posibilidad de alcanzar la paz. Dentro de este contexto, los constantes llamados a detener la violencia y priorizar el diálogo recuperan el espíritu de aquella tregua improvisada de 1914.  

No se trata de caer en un sentimiento de ingenuidad, sino de recordar que incluso en los escenarios más violentos, la paz no reside en los acuerdos entre Estados, sino de la conciencia moral de quienes padecen la guerra.

La Navidad durante la Primera Guerra Mundial no detuvo el conflicto, pero dejo una imagen que sigue vigente. La guerra es una construcción política, un tablero de ajedrez donde los movimientos son decididos por líderes movidos por ambiciones territoriales, geopolíticas, económicas o ideológicas. Mientras los altos mandos trazan líneas en la comodidad de sus despachos, la población civil y la juventud enviada al frente son quienes sufren las verdaderas consecuencias de lo que implica una guerra. En 1914, los soldados que compartieron las pocas provisiones que tenían, entendieron esta verdad incómoda sobre el poder. Tenían más en común con el “enemigo” que tenían enfrente que con los líderes que los habían enviado a matarse.

El desastre de las guerras radica en esta desconexión abismal. Los conflictos rara vez responden al bienestar de los pueblos y, en cambio, corresponden a intereses particulares que se disfrazan de nacionalismo para movilizar a las masas. La historia nos enseña que los líderes deciden y la población padece. Ellos no van a ir al frente – claro que no – pero sí mandarán a quienes sacrificarán su vida. Al final, sus decisiones se traducen en hambruna, desplazamiento forzado y un luto incesante para las familias que ven como sus seres queridos son consumidos por el conflicto armado.  

Aquella tregua no fue un fracaso porque la guerra continuara al día siguiente; al contrario, fue un éxito porque demostró que la enemistad entre naciones es una construcción política, un montaje artificial. Recordar la Navidad de 1914 en pleno 2025 nos obliga a cuestionar las narrativas de odio que aún se nos intentan imponer. Si durante la Gran Guerra, unos jóvenes pudieron soltar el fusil para entender y abrazar al prójimo, queda claro que el deseo de vivir en paz es universal. Sin embargo, la verdadera tragedia reside en que, un siglo después, sigamos permitiendo que la ambición de unos pocos dicte el destino y sufrimiento de la inmensa mayoría.

Que, en estas fiestas, el recuerdo de jóvenes soldados jugando fútbol en “tierra de nadie” nos sirva para comprender que, al final del día, no existe victoria política que valga más que la vida humana.

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