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Instrumentalización de la fe

La fe secuestrada por el poder: religión, propaganda y guerra

Las declaraciones de John Hagee y el rol de sectores evangélicos revelan cómo la religión es utilizada para justificar proyectos políticos y militares del Estado de Israel, fenómeno no tan alejado de la realidad peruana.

Las recientes declaraciones atribuidas a John Hagee, líder del movimiento evangélico Christians United for Israel, ha dejado en evidencia el uso instrumental de la religión para justificar proyectos políticos, expansionistas y geopolíticos impulsados por potencias militares. Lamentablemente, somos testigos que, bajo el discurso de promesas divinas y profecías bíblicas, se construyen narrativas que buscar brindar legitimidad moral y divina a decisiones profundamente terrenales.

Dios prometió al pueblo judío estas tierras, todo Israel, la mitad de Egipto, el Líbano, Siria, Jordania, Kuwait y tres cuartas partes de Arabia Saudí. Esto se hará realidad cuando el mesías regrese y reine con vara de hierro desde Jerusalén”

John Hagee

La idea del llamado “Gran Israel”, presentada como el cumplimiento de un mandato religioso, trasciende el ámbito de la fe personal para insertarse en la arena del poder internacional. En este marco, referencias a territorios que abarcarían partes de Egipto, Líbano, Siria, Jordania y Arabia Saudita no operan solo como símbolos religiosos, sino como una cosmovisión política que normaliza la expansión territorial de una determinada potencia.

Es importante resaltar que Hagee no es una figura marginal. Su presencia en la comunidad evangélica es sumamente relevante al contar su organización con millones de adeptos en Estados Unidos. Por lo tanto, es innegable su capital político, el cual se traduce en influencia electoral y capacidad de presión sobre la política interna y exterior de Washington. No es casualidad que la comunidad evangélica estadounidense haya respaldado el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel, el traslado de la embajada estadounidense desde Tel Aviv, así como las acciones militares de Israel sobre Gaza.

Estas decisiones, presentadas como gestos de fe o coherencia ideológica, responden en realidad a cálculos políticos estratégicos como consolidar alianzas regionales, reforzar el posicionamiento de Estados Unidos en Oriente Medio, asegurar la obtención de recursos naturales y energéticos, y cumplir con proyectos políticos internos. La religión, dentro de este esquema, funciona como un lenguaje emocional capaz de movilizar a las masas y silenciar cualquier cuestionamiento ético o jurídico.

 El problema central no es la creencia religiosa en sí, sino su transformación en una herramienta de legitimación del uso de la fuerza. Cuando se afirma que una expansión territorial responde a la voluntad divina, cualquier oposición puede ser deshumanizada o presentada como una amenaza existencial.

Este mecanismo ha sido recurrente en la historia bélica, donde la sacralización de la política convierte a conflictos por territorio, recursos o hegemonía en luchas absolutas justificadas por una ideología en particular.  El patrón es evidente: la construcción de relatos totalitarios que justifican la dominación en nombre de una única verdad.  En el siglo XXI, estas narrativas ya no se imponen solo por la fuerza militar, sino también mediante alianzas ideológicas, presión diplomática y control de los medios de comunicación.

El respaldo de movimientos religiosos a agendas estatales permite a las potencias proyectar poder sin asumir plenamente el costo político de sus decisiones. En este escenario, la fe opera como escudo, ya que cuestionar la política equivale a cuestionar a Dios. Así, se diluye el debate racional sobre el derecho internacional, la soberanía de los Estados y los derechos humanos.

Este fenómeno no es exclusivo de un país ni de una religión, aunque es verdad que en el caso estadounidense adquiere una dimensión particular por su capacidad militar, diplomática, económica y mediática.  En el Perú, esta instrumentalización de la religión también se encuentra presente y, lamentablemente, normalizada. En junio del presente año, el Movimiento Misionero Mundial convocó en el Perú la llamada Marcha de la Vida, conocida por su lucha contra el antisemitismo y la conmemoración de las víctimas del Holocausto judío. Sin embargo, la edición del 2025 tuvo también la finalidad de respaldar las acciones de Israel contra Gaza, disfrazando la realidad y afirmando que los objetivos de la ofensiva israelí eran únicamente hacia Hamás, cuando en realidad – para ese entonces – se había registrado más de 55 mil muertes de civiles palestinos.    

De igual forma, otro rol particularmente relevante en esta dinámica lo están cumpliendo ciertos medios religiosos con amplia audiencia, como Bethel TV Noticias, cuya programación dirigida principalmente a públicos cristianos —especialmente evangélicos— ha contribuido a reforzar una defensa incondicional del Estado de Israel, presentándolo de forma acrítica como una extensión directa del “Israel bíblico”. A través de espacios de “análisis” y entrevistas, este medio ha invitado recurrentemente a ponentes vinculados o que han trabajado con la Embajada de Israel como Gabriel Ben-Tasgal, Mojmir Kallus y el pastor Rubén Gutknecht, ofreciendo lecturas profundamente sesgadas del conflicto, donde la perspectiva palestina es excluida completamente y la política estatal contemporánea se confunde deliberadamente con un mandato religioso. Bethel TV no pone énfasis ni crítica permanente sobre la cantidad de muertos civiles palestinos cuya cifra en la actualidad asciende a más de 65 mil, ni han compartido los informes presentados por organizaciones internacionales como Naciones Unidas o Amnistía Internacional. Es más, incluso han llegado a afirmar, sin mayor responsabilidad, que alzar la voz y criticar el Estado de Israel o las decisiones políticas del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, equivale a ser antisemita o antijudío.

Esta narrativa no solo desdibuja las fronteras entre fe y geopolítica, sino que también legitima decisiones militares y diplomáticas bajo un marco espiritual que inhibe el cuestionamiento crítico entre sus oyentes, consolidando así una adhesión ideológica que sirve a intereses estatales concretos más que a principios éticos universales.

La instrumentalización religiosa no solo influye en la política local y exterior, sino que contribuye a la prolongación de conflictos y al sufrimiento de poblaciones enteras, convertidas en daños colaterales de una narrativa sagrada.  

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