Muchos medios locales e internacionales sostienen una narrativa contundente: que a las Naciones Unidas, a las ONG «progresistas» y al feminismo internacional no les importa la crisis humanitaria en Irán. Mientras que estas afirmaciones provienen de una irritación legítima ante la falta de cambios reales, como diagnóstico factual es errónea. La verdadera pregunta no debería ser si existe una preocupación por parte del sistema internacional, sino porqué esos esfuerzos rara vez se traducen en resultados tangibles.
La evidencia frente a la narrativa
Decir que “No hay ONU” u “ONG feministas” que reporten las violaciones a derechos humanos en Irán supone la ausencia de documentación y condena internacional, y la existencia de una indiferencia moral. Sin embargo, estas afirmaciones contrastan con la evidencia púbica.
De hecho, desde la década de los noventa, Amnistía Internacional ha reportado y denunciado sistemáticamente los arrestos arbitrarios y torturas en Irán. Tras la muerte de Mahsa Amini en 2022, esta labor se intensificó, generando un flujo constante de mecanismos de investigación y denuncias.
Desde entonces, la situación iraní ha sido objeto de declaraciones institucionales, mecanismos de investigación, reportes y llamados formales a rendición de cuentas por parte del sistema de Naciones Unidas y organizaciones de derechos humanos. Por ejemplo, ONU Mujeres ha publicado diversos informes donde denuncia los abusos de los derechos de las mujeres y niñas en el país islámico. Además, la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OHCHR) ha publicado contenidos y reportes vinculados a las protestas Woman, Life, Freedom y ha enfatizado la necesidad de justicia y rendición de cuentas.
ONU Mujeres se une a la preocupación del Secretario General por las denuncias de violencia y uso excesivo de la fuerza por parte de las autoridades en Irán.
— ONU Mujeres (@ONUMujeres) January 15, 2026
Nos solidarizamos con las mujeres de Irán.
Su derecho a la libertad de expresión debe ser plenamente respetado. https://t.co/d7I2JggoYj pic.twitter.com/BKSPwF3Cpj
Más importante aún, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU creó en noviembre de 2022 una Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Irán, con la finalidad de investigar violaciones de derechos humanos vinculadas a las protestas con énfasis en mujeres y niños, y cuyo mandato ha sido prorrogado.
Por tanto, no es que «no haya ONU» en Irán. Lo que ocurre es que los organismos internacionales operan con herramientas de monitoreo y presión política, no con capacidades militares para imponer reformas internas.
¿Por qué no vemos resultados? Este escenario no prueba desinterés ni indiferencia internacional, sino los límites estructurales del sistema global. Un organismo internacional no puede reformar un Estado desde fuera si el gobierno no coopera, especialmente cuando Irán no es parte de la CEDAW (Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer), lo que reduce las vías legales para exigir igualdad.
No obstante, ciertos sectores —como el programa cristiano de Bethel TV Noticias— optan por ignorar estos límites estructurales para alimentar una narrativa de negligencia intencionada. En su análisis, no solo se cuestiona la eficacia de los organismos internacionales, sino que se construye una visión históricamente recortada de la crisis iraní.
Resulta llamativo cómo, para explicar la consolidación del régimen actual, se invoca la Revolución de 1979 pero se omite con total facilidad el golpe de Estado de 1953 contra el entonces primer ministro Mohammad Mosaddeq. Este episodio, motivado por el intento de Mosaddeq de nacionalizar el petróleo, es el pilar del sentimiento anti intervencionista occidental en Irán. Ignorar este hecho es ignorar la raíz del resentimiento que impulsó la caída del Sah y que el régimen actual ha instrumentalizado durante décadas.
Este discurso es políticamente útil porque permite presentar a Irán como un problema “autogenerado” o como un simple “desvío cultural”, cuando en realidad se trata de un fenómeno históricamente construido y atravesado por múltiples capas de poder. Al omitir deliberadamente la relación entre injerencia externa y autoritarismo interno y, con ella, el peso de la geopolítica, se borra un componente decisivo: los intereses de actores internacionales que, en distintos momentos, han contribuido a sostener, condicionar o instrumentalizar el equilibrio de fuerzas dentro del país. El resultado es una narrativa recortada que simplifica la crisis y desplaza la discusión desde las responsabilidades concretas hacia una explicación conveniente, pero insuficiente, que termina politizando una disputa por soberanía, derechos y poder.
Lo que muestran los documentos y pronunciamientos disponibles es que sí existe preocupación internacional, sí existe documentación, y sí existen mecanismos de investigación.
El debate serio, entonces, no es si a la comunidad internacional «no le importa» Irán, sino qué capacidad real tiene para proteger derechos en un Estado no cooperativo sin que esto se convierta en una excusa para una escalada bélica que termine perjudicando, irónicamente, a la población que se intenta proteger.
El Consejo de Derechos Humanos celebrará una sesión especial para abordar el deterioro de la situación de los derechos humanos en Irán el viernes 23 de enero de 2026 en Ginebra. https://t.co/p6NG4kkOUf
— Noticias ONU (@NoticiasONU) January 21, 2026











