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Aplaudir la salida de Estados Unidos de organismos internacionales es celebrar un mundo sin límites

La retirada de Estados Unidos de decenas de organismos multilaterales no representa una victoria de la soberanía, sino la celebración de un mundo sin contrapesos.

Estados Unidos anunció su retirada de 66 organizaciones multilaterales, entre ellas, varias entidades pertenecientes a las Naciones Unidas.  La decisión ha sido celebrada por ciertos sectores políticos y mediáticos como un “golpe mortal al globalismo” y una supuesta victoria de la soberanía nacional frente a la burocracia internacional. Sin embargo, más allá del entusiasmo discursivo, esta medida revela un problema de fondo mucho más grave: la glorificación del desmantelamiento de los límites al poder estatal.

Es cierto que el orden multipolar enfrenta múltiples desafíos que ponen en cuestión su eficacia. La dificultad para alcanzar consensos globales en temas como migración, cambio climático o derechos humanos, la divergencia de intereses entre los Estados y la creciente fragmentación económica y política del sistema internacional son problemas reales. No obstante, el multilateralismo ha sido una de las pocas herramientas que ha permitido a los países en vías de desarrollo tener voz en los asuntos globales, además de fortalecer la cooperación internacional y establecer marcos mínimos de responsabilidad compartida.

Debilitar deliberadamente las estructuras que permiten la existencia de un sistema multilateral no significa “corregir sus fallas”, sino regresar a la lógica de la unipolaridad, donde un solo actor – históricamente Estados Unidos – concentra la hegemonía política, económica, militar y diplomática. Este escenario no es nuevo, ya que es aquel que perpetró por varios años tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría. Como señala Barbé[1], este poder unipolar se manifestó con claridad durante la Guerra del Golfo, una intervención liderada por Washington, al frente de una coalición de Estados y autorizada por el Consejo de Seguridad, contra Irak de Saddam Hussein tras la invasión de Kuwait.

Sin embargo, la globalización no solo facilitó la interconexión de mercados y la liberalización del comercio; también permitió el ascenso de nuevas potencias emergentes como China, India o Brasil, que con el tiempo han logrado acumular poder económico y político. Este proceso erosionó la hegemonía absoluta estadounidense y dio paso a un mundo progresivamente multipolar, en el que varios actores comenzaron a incidir en las decisiones globales, limitando la capacidad de Washington de imponer unilateralmente su voluntad.

Hoy, muchos países ya no gravitan de forma automática en la órbita estadounidense. Especialmente en el Sur Global, los Estados se sienten cada vez más cómodos manteniendo relaciones simultáneas con múltiples potencias. Vietnam, por ejemplo, es socio estratégico de Estados Unidos y, al mismo tiempo, mantiene vínculos estrechos con China y Rusia. Esta diversificación no es una amenaza al orden internacional, sino una respuesta pragmática a un sistema global más complejo y menos jerárquico.

En ese contexto, celebrar la retirada de Estados Unidos de los organismos multilaterales como una victoria frente a la globalización implica, en realidad, un retroceso histórico. Lejos de inaugurar un nuevo orden más justo, esta postura revive una concepción del poder que rechaza los contrapesos y considera cualquier regulación externa como una intromisión ilegítima. No se trata de eficiencia institucional, sino de eliminar instancias que limiten la acción unilateral.

Este escenario actual guarda una inquietante similitud con las ideas expuestas por el politólogo estadounidense Samuel Huntington a finales del siglo XX. En 1999, el autor describía cómo la política exterior estadounidense buscaba presionar a otros Estados para adoptar valores y prácticas propias de Washington, impedir que desarrollaran capacidades militares que contrarrestaran su superioridad, aplicar sanciones a quienes no se alinearan con sus estándares, promover intereses nacionales bajo el discurso del libre comercio y expandir alianzas militares mientras castigaba económicamente a regímenes considerados hostiles. La diferencia es que hoy estas prácticas ya no son vistas como amenazas al sistema internacional, sino celebradas en nombre de la defensa de la soberanía nacional y el rechazo de la “burocracia globalista” que “impone agendas”.

Aquí radica el núcleo del problema. El multilateralismo, con todas sus imperfecciones, introduce límites, observadores y reglas compartidas. Celebrar su debilitamiento no es celebrar la libertad de los pueblos, sino exaltar la ausencia de controles sobre el poder. Cuando se presenta la cooperación internacional como enemiga del ciudadano, lo que realmente se está promoviendo es un modelo donde un Estado pueda actuar sin rendición de cuentas externas, una característica central de los gobiernos autoritarios.

La debilitación del multilateralismo no fortalece a los países en vías de desarrollo como el nuestro, únicamente fortalece a los más fuertes. Y, cuando esta concentración de poder es vista como un triunfo, no estamos ante una discusión técnica sobre la gobernanza global, sino frente a una normalización del autoritarismo disfrazado de un discurso que defiende la soberanía y libertad, pero que en realidad oculta su verdadero objetivo: ejercer poder sin límites.


[1] Barbé, E. (2020). Relaciones Internacionales.

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