La presencia de Juan Francisco Escobar como invitado en la programación de Bethel TV no es un hecho aislado ni anecdótico. Es una señal clara del tipo de discurso que el canal busca validar y amplificar: una visión profundamente machista, conservadora y regresiva sobre la mujer, su rol en la sociedad y sexualidad. Aunque algunas de sus declaraciones más polémicas no fueron realizadas dentro del programa, su difusión pública levanta una pregunta clave: ¿qué dice de Bethel TV que otorgue espacio y legitimidad a una figura que promueve ideas abiertamente misóginas?
Un discurso que reduce a la mujer a un objeto de valor sexual
Una de las intervenciones más polémicas de Juan Francisco Escobar que evidenciaron su percepción sobre la mujer fue el empleo de la siguiente metáfora grotesca.
“La mujer debe mantener su valor. No debe ir encamándose con uno y con otro. Porque una llave que abre todos los candados es una llave maestra, un candado que abre con todas las llaves no sirve. Y el hombre se da cuenta, y cuando la mujer ya está recorrida, el hombre ya no la mira igual ya”
Juan Francisco Escobar
Estamos ante una construcción simbólica que convierte a las mujeres en objetos con un supuesto “valor”, el cual se desgasta cada vez que decide ejercer su autonomía sexual. En esta lógica, la sexualidad femenina es percibida como una cualidad que deber ser protegida, resguardada y vigilada, mientras que la sexualidad masculina es implícitamente permisible, ilimita e incluso deseada, quedando fuera del juicio moral.
Pero este discurso conlleva una contradicción evidente. Se exige que las mujeres “conserven su valor” evitando encuentros sexuales, mientras se normaliza, promueve e incluso se celebra que los hombres disfruten libremente de su sexualidad. Surge entonces una pregunta básica: si a las mujeres se les prohíbe y sanciona moralmente cualquier actividad sexual, ¿con quién se espera que los hombres experimenten?
La respuesta implícita revela la raíz del problema ya que esta lógica necesita dividir a las mujeres en dos categorías. Por un lado, están las mujeres “de valor”, aquellas consideradas dignas de matrimonio y maternidad, cuyo mérito depende de la austeridad sexual. Por otro, están las mujeres tratadas como cuerpos disponibles, despojadas de dignidad y convertidas en instrumentos para satisfacer el deseo masculino. Son las mujeres a quienes la cultura machista cosifica, juzga y al mismo tiempo utiliza.
Bajo este modelo, la sexualidad masculina solo es posible si existe un grupo de mujeres a quienes se les niega humanidad y dignidad para convertirlas en el “recurso” sexual del que se alimenta su libertad. Y luego, paradójicamente, se desprecia a esas mismas mujeres por cumplir el rol que el propio sistema espera de ellas.
Esta es la contradicción moral de fondo: la pureza solo puede existir si alguien más carga con la etiqueta de impura. La “mujer de familia” se sostiene sobre la espalda de la “mujer descartable, desechable, impura”. El mito de la mujer virtuosa exige fabricar la figura de la mujer sin valor. Y ambas construcciones responden a la misma lógica violenta que niega la autonomía sexual femenina.
Este tipo de discurso no es únicamente machista y misógino, sino que promueve una herramienta de control social. Reproduce la moral que históricamente ha responsabilizado a las mujeres por conductas que, en los hombres, se celebra.
De igual manera, otro de sus comentarios reforzó el imaginario que las mujeres deben ser más protegidas de los hombres en relación a su libertad.
«Yo sí creo que a la mujer se le debe cuidar más que al hombre y no dejarla tanto salir en la noche. La noche solamente es para fanar y para terminar en sexo. Para eso es la noche»
Juan Francisco Escobar
Este argumento parte de dos supuestos igualmente problemáticos. En primer lugar, se percibe a la mujer como inherentemente vulnerable e incapaz de tomar sus propias decisiones. Segundo, reduce toda actividad nocturna —salir a bailar, reunirse con amigos o simplemente disfrutar del espacio público— a un escenario inevitablemente sexual, como si la vida social de las mujeres solo pudiera entenderse en función del deseo masculino.
En esta visión, la mujer no es un sujeto con autonomía y derechos, sino una propiedad que debe ser resguardada del mundo, como si la libertad femenina fuese un riesgo moral. Este paternalismo es la base conceptual de prácticas históricas de control, desde prohibiciones laborales hasta códigos de vestimenta.
¿Por qué importa que Bethel TV lo invite?
Porque Bethel se autodeclara canal cristiano, bastión que defiende los valores judeocristianos en la sociedad y con influencia en miles de hogares peruanos. Se presenta como defensor de familia, pero al invitar a figuras como Juan Francisco Escobar, lo que realmente promueve es una agenda de corrección moral y sexual sobre la mujer. Una visión retrógrada sobre la autonomía femenina.
Otorgarle un espacio en sus programas es validar su discurso. Validar sus palabras es normalizarlo. Y normalizarlo, pone en riesgo a las mujeres por reforzar estereotipos que únicamente alimentan la misoginia y la violencia de género.
Porque ninguna palabra, discurso o narrativa es gratuita, ideas como estas luego justifican decisiones políticas, influyen en el pensamiento colectivo y, en el peor de los casos, refuerzan la cultura de impunidad respectivo al abuso doméstico.
Es más, el discurso de Escobar encaja perfectamente en la narrativa que Bethel promueve sobre estos temas: la demonización del feminismo y la defensa exclusiva del rol tradicional de la mujer.
La invitación no es un error editorial, es una pieza dentro de un proyecto más amplio. Bethel TV se ha posicionado como uno de los principales difusores de una “batalla cultural” conservadora en el Perú, donde la mujer aparece constantemente como un campo de disputa moral. Las declaraciones de Juan Francisco Escobar no son simplemente machistas, son un recordatorio de cómo los medios, especialmente aquellos bajo el listón de la religión, pueden reactivar discursos que deberían haber quedado atrás hace décadas. En una sociedad donde los feminicidios, la violencia doméstica, el acoso y la violencia sexual hacia la mujer siguen siendo problemas estructurales, normalizar este tipo pensamientos no solo es irresponsable, sino que peligroso.











