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¿Qué es la llamada “ideología de género” y qué no es?

En el debate político y en algunos sectores religiosos, la llamada “ideología de género” se ha posicionado como una amenaza, pese a carecer de sustento académico. Su uso ha favorecido la difusión de ideas erróneas que distorsionan el enfoque de género y afectan el debate público.

El término “ideología de género” no es ajeno al debate público, en especial en tiempos electorales. En cada campaña política, se ha convertido una constante escuchar a candidatos de sectores conservadores presentarse como defensores de la familia y los valores frente a una supuesta “batalla cultural” o a una “agenda progre” que, según afirman, busca despojar a los padres de familia de su autoridad sobre sus hijos. Sin embargo, pocas veces se explica con claridad que realmente significa este mediático término.  

Este discurso no solo se limita al ámbito político. Durante la Convención Nacional del Movimiento Misionero Mundial Perú 2026, en la que se recogieron testimonios y opiniones de asistentes, fue posible observar cómo este concepto es también difundido en espacios religiosos, muchas veces acompañado de afirmaciones que no se condicen con definiciones técnicas o académicas. Este tipo de escenarios permite evidenciar la distancia existente entre el uso del término en el debate público y su comprensión real.

¿Ideología de género o enfoque de género?

En realidad, la llamada “ideología de género” no constituye una categoría académica reconocida en las ciencias sociales ni en el derecho internacional, como suelen afirman. Se trata, más bien, de un término discursivo y esencialmente político, utilizado para cuestionar conceptos que sí cuentan con respaldo técnico y académico, como el «enfoque de género» y los «estudios de género«, herramientas fundamentales para el diseño e implementación de políticas públicas orientadas a disminuir desigualdades persistentes en la sociedad.  

Esto quiere decir que, aunque en el debate público suele presentarse como equivalente los términos “género” o “enfoque de género” con “ideología de género”, estos conceptos no son lo mismos. Mientras los primeros dos son herramientas desarrolladas en el ámbito académico y organismos internacionales para analizar las desigualdades que enfrentan los hombres y mujeres, el segundo es utilizado principalmente en contextos políticos para cuestionar, muchas veces desde la desinformación, ciertas nociones o ideas. Comprender esta diferencia es fundamental, ya que muchas de las preocupaciones que se atribuyen a la llamada “ideología de género” no corresponden a lo que realmente propone el enfoque de género.

Entonces, ¿cómo nace este término?

El concepto “ideología de género” surge a mediados de la década de 1990 en el ámbito político y religioso conservador, como reacción frente a conferencias internacionales impulsadas por Naciones Unidas, como la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (Cairo 1994) y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing, 1995).

Estos espacios marcaron un hito histórico al impulsar el empoderamiento de las mujeres, el reconocimiento de los derechos reproductivos y la incorporación del concepto de género como herramienta para analizar desigualdades estructurales entre hombres y mujeres.

Es importante precisar que, si bien en estas conferencias el término “género” es ampliamente utilizado, no se establece una definición formal del mismo. Esto se debe a que, en ese momento, el concepto se encontraba en desarrollo y todavía era objetivo de debate, tanto político como académico. No obstante, su uso responde a la necesidad internacional de explicar que muchas desigualdades no se deben únicamente a diferencias biológicas entre los hombres y mujeres, sino que a factores muchos más amplios y complejos, como las construcciones sociales, culturales y económicas.  

Diversos pasajes de estas conferencias evidencian esta preocupación. Por ejemplo, en El Cairo (1994) se reconoce que las mujeres enfrentan sobrecarga de trabajo, falta de poder e influencia, y relaciones de poder que limitan su bienestar tanto en el ámbito privado como público. Asimismo, se enfatiza la necesidad de promover la participación equitativa de mujeres y hombres en la vida productiva y reproductiva.

Es preciso que las mujeres y hombres participen e intervengan por igual en la vida en la vida productiva y reproductiva, incluida la división de responsabilidades en cuanto a la crianza de los hijos y al mantenimiento del hogar. En todo el mundo, la mujer ve en peligro su vida, su salud y su bienestar porque está sobrecargada de trabajo y carece de poder e influencia (…) las relaciones de poder que impiden que la mujer tenga una vida sana y plena se hacen sentir en muchos planos de la sociedad, desde el ámbito más personal hasta el más público.”

Conferencia de El Cairo (1994)

Es preciso potenciar el valor de las niñas para sus propias familias y para la sociedad más allá de su definición de futuras madres y encargadas del cuidado de los niños y reforzar esa imagen con la adopción y aplicación de políticas educacionales y sociales que fomenten su plena participación en el desarrollo de las sociedades en que viven”

Conferencia de El Cairo (1994)

En Beijing (1995), este enfoque se consolida aún más al señalar que las políticas públicas deben integrar una perspectiva de género, es decir, analizar de qué manera afectan de forma diferenciada a mujeres y hombres antes de ser implementadas.

“Las mujeres comparten problemas comunes que sólo pueden resolverse trabajando de conjunto y en asociación con los hombres para alcanzar el objetivo común de la igualdad de ‘género’ en todo el mundo”

Conferencia de Beijing (1995)

Esta concepción es sumamente relevante porque consolida la necesidad de comprender las diferencias estructurales a fin de poder diseñar elementos normativos que puedan corregirlas.

“El éxito de las políticas y de las medidas destinadas a respaldar o reforzar la promoción de la igualdad de género y la mejora de la condición de la mujer debe basarse en la integración de una perspectiva de género en las políticas generales relacionadas con todas las esferas de la sociedad”

Conferencia de Beijing (1995)

“Para hacer frente a la desigualdad de acceso a la enseñanza y a las oportunidades educacionales insuficientes, los gobiernos y otros agentes sociales deberían promover una política activa y visible de integración de una perspectiva de género en todas las políticas y programas, a fin de que se analicen, antes de adoptar decisiones, sus posibles efectos en las mujeres y los hombres”

Conferencia de Beijing (1995)

Ya en 1997, el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (ECOSOC) estableció de manera formal el concepto de “perspectiva” o “enfoque de género”, definiéndolo como un proceso que permite evaluar las consecuencias que cualquier actividad planificada, ya sea una ley, política o programa, tiene tanto para mujeres como para hombres, en todos los sectores y niveles.

La perspectiva de género es el proceso de evaluación de las consecuencias para las mujeres y los hombres de cualquier actividad planificada, inclusive las leyes, políticas o programas, en todos los sectores y a todos los niveles. Es una estrategia destinada a hacer que las preocupaciones y experiencias de las mujeres, así como de los hombres, sean un elemento integrante de la elaboración, la aplicación, la supervisión y la evaluación de las políticas y los programas en todas las esferas políticas, económicas y sociales, a fin de que las mujeres y los hombres se beneficien por igual y se impida que se perpetúe la desigualdad. El objetivo final es lograr la igualdad [sustantiva] entre los géneros”

ECOSOC 1997

En este sentido, el enfoque de género se entiende como una estrategia que busca integrar las preocupaciones y experiencias de ambos en la elaboración, implementación, supervisión y evaluación de las políticas públicas en los ámbitos político, económico y social. Su finalidad es garantizar que mujeres y hombres se beneficien de manera equitativa y evitar que se perpetúen las desigualdades existentes.

Así, la incorporación de una perspectiva de género no se limita a un área específica, sino que implica integrar el principio de igualdad en las instituciones públicas y privadas, en políticas nacionales y locales, así como en programas y servicios sectoriales.

Y ¿por qué es importante?   

Porque la desigualdad de género sigue siendo una realidad persistente en países como el Perú, donde las mujeres continúan enfrentando mayores niveles de violencia, menores ingresos y barreras estructurales para el ejercicio pleno de sus derechos. El enfoque de género permite precisamente identificar estas brechas y diseñar políticas públicas más efectivas para enfrentarlas.

Brecha entre la comunidad internacional y los círculos conservadores

A partir de lo señalado por organismos internacionales, queda claro que el enfoque de género es una herramienta técnica orientada a comprender y reducir desigualdades reales entre hombres y mujeres. Sin embargo, pese a ello, en el debate público, especialmente en algunos espacios políticos y religiosos, este concepto suele ser presentado de forma muy distinta.

Por un lado, la comunidad internacional define el enfoque de género como una estrategia para integrar las experiencias de mujeres y hombres en las políticas públicas, con el objetivo de garantizar igualdad y evitar la reproducción de desigualdades. Por otro lado, en el discurso público se le atribuyen afirmaciones, apelando al miedo, que no forman parte de esta definición. Para muchos cristianos y sectores más conservadores del Perú, la “ideología de género” constituye una campaña que promueve la “homosexualización” de los niños, la existencia de “miles de género”, la capacidad de “identificarse” con objetos o animales, así como la “promiscuidad adolescente”.   

Sin embargo, ninguna de estas ideas o temores aparece en las definiciones oficiales de las Naciones Unidas, ni en documentos de organismos internacionales, ni en literatura académica seria. Del mismo modo, tampoco se encuentran en los documentos del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, ni en otros documentos oficiales del Estado peruano. Más bien, constituyen interpretaciones erróneas o exageraciones que terminan distorsionando el debate público. En consecuencia, generan rechazo hacia herramientas como la educación sexual integral o el enfoque de género, que en realidad buscan prevenir la violencia, promover el respeto y garantizar derechos.

Lamentablemente, este fenómeno no surge de manera espontánea. En muchos casos, estas ideas suelen estar impulsadas por ciertos liderazgos religiosos y políticos que, especialmente en contexto electorales, apelan al miedo, prejuicios y desinformación como mecanismos de movilización social.  Al construir una narrativa en la que el enfoque de género aparece como una amenaza, se simplifica el debate público y se reemplaza la evidencia por discursos específicamente construidos para recurrir a la preocupación y temor.

Si dejamos que el miedo, ignorancia y desinformación motiven el debate público, este deja de ser racional y, por ende, incapaz de formular soluciones reales a los problemas de la sociedad.

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