Adilson Yauri Canto, identificado como pastor evangélico que dirige una congregación en Ventanilla, ha sido denunciado por presuntos actos de violencia sexual contra varias mujeres. De acuerdo con información difundida por distintos medios de comunicación, cinco mujeres ya habrían declarado en cámara Gesell y el abogado de las denunciantes sostiene que existirían al menos siete presuntas víctimas. Entre ellas se encontraría una adolescente que tenía 14 años cuando habrían ocurrido los hechos y que presenta una condición de discapacidad.
La investigación se encuentra actualmente en diligencias preliminares ante la Fiscalía de Ventanilla.
Según las denuncias difundidas públicamente, las mujeres habrían llegado a esta congregación atravesando situaciones previas de violencia física, sexual o emocional. Es precisamente en ese contexto de vulnerabilidad en el que, según sus testimonios, el líder religioso habría construido una relación de confianza y autoridad espiritual.
Las denunciantes sostienen que determinadas prácticas sexuales habrían sido presentadas como parte de procesos de “sanación”, “purificación” o liberación del mal. También afirman que se habrían utilizado referencias bíblicas y una supuesta condición profética para justificar estas conductas.
De corroborarse estos hechos, no estaríamos únicamente ante un posible abuso sexual. Estaríamos frente a algo especialmente preocupante: la utilización de la fe y de la autoridad espiritual como mecanismos de sometimiento.
La fe puede constituir para millones de personas una fuente legítima de esperanza, comunidad y reconstrucción personal. Precisamente por ello, utilizarla para manipular a alguien representa una grave perversión de esa confianza.
¿Silencio en comunidades cristianas?
El caso ha recibido cobertura de medios de comunicación y ha generado indignación entre vecinos de Ventanilla. Sin embargo, hasta el momento no parece haber generado una discusión pública de similar intensidad dentro de los propios espacios evangélicos y cristianos. Supuestamente quienes defienden la fe deberían ser también los primeros en denunciar cualquier utilización de ella para justificar violencia, sometimiento o abuso.
En este sentido, guardar silencio frente al eventual uso de Dios, la Biblia o la autoridad pastoral como herramientas de manipulación puede terminar protegiendo aquello que las propias comunidades religiosas deberían combatir.
Este caso todavía está siendo investigado y será la justicia la que determine qué ocurrió y cuáles son las responsabilidades correspondientes.
