El pasado 29 de octubre, el líder de Renovación Popular y aspirante a pre candidato presidencial, Rafael López Aliaga, presentó su plancha presidencial para las elecciones internas del partido. La noticia que más encendió las reacciones en las redes sociales fue la inclusión de Norma Yarrow como candidata a la vicepresidencia. Yarrow es conocida por ser congresista de la república por Renovación Popular y, más notablemente, por haber firmado en el 2022 el proyecto de ley de Unión Civil impulsado por el parlamentario Alejandro Cavero.
En este contexto, la elección de Yarrow ha generado un fuerte revelo, sobre todo en los círculos evangélicos y católicos conservadores que han sido el núcleo central del electorado más fiel de López Aliaga. El líder de Renovación Popular ha construido su imagen su imagen política como un defensor de la “familia tradicional” y un guerrero frente a la “agenda de género”. Esta personalidad le permitió capitalizar el voto religioso con un discurso que apela a la “moral cristiana” y el combate contra un mundo cada vez más globalizado y progresista. En este sentido, la nominación de Norma Yarrow resulta profundamente contradictoria.
Mientras López Aliaga promete defender la llamada “familia natural”, su fórmula presidencial incluye una figura que apoyó la iniciativa para reconocer legalmente la unión entre personas del mismo sexo. Las reacciones en las redes sociales no se han hecho esperar. Varios simpatizantes evangélicos y católicos han expresado su decepción, desilusión y sentimiento de traición a la base religiosa que lo impulsó a la alcaldía de Lima Metropolitana.
Este episodio pone en evidencia las repercusiones de la instrumentalización de la religión en la política. López Aliaga no solo ha usado la fe y los denominados valores cristianos como bandera ideológica, sino también como una herramienta efectiva para captar el voto de las iglesias que depositaron su confianza en su figura de “salvador” de la sociedad cristiana. Es imposible no cuestionarnos cómo su nueva plancha genera una grieta en su discurso. ¿Hasta que punto la convicción religiosa cede ante la conveniencia política?
Tal vez desde una lectura más pragmática, el movimiento puede interpretarse como una estrategia de calculo electoral. López Aliaga es consciente de las críticas que le rodean, por lo que decidió apostar por un perfil más técnico, mediático e incluso conciliador -tomando en consideración también la presentación de Jhon Ramos Malpica como segundo vicepresidente-, buscando desarraigarse del conservadurismo rígido, que sí bien lo hizo popular en el pasado, también le cerró las puertas a otro electorado más liberal y juvenil. Sin embargo, esta estrategia tiene un costo: el riesgo de desencantar y perder su base más devota, aquella que veía en él la suerte de un político que “carga la cruz”.
Pero, más allá del cálculo electoral, el episodio refleja una constante en la política peruana: la incoherencia entre el discurso moralista y la práctica del poder. López Aliaga cimentó su imagen en la defensa de una moral que parecía «no negociable». Si ahora, a puertas de las elecciones, decide negociar con ella, no solo pone a prueba la lealtad de sus votantes más religioso, sino que también perjudica la credibilidad de su propios valores e ideología política.