Instrumentalización de la fe

¿La fe usada para absolver la violencia?

Las declaraciones del periodista deportivo Pedro García reabren un debate urgente: el uso de la fe como argumento para relativizar la violencia sexual.

Las recientes declaraciones del periodista deportivo Pedro García, emitidas en el contexto de la denuncia de una ciudadana argentina contra los futbolistas Carlos Zambrano, Miguel Trauco y Sergio Peña del club Alianza Lima por presunta violación sexual, han generado una profunda indignación pública. No solo por el contenido de sus palabras, sino porque revelan una tendencia religiosa a desplazar el foco del crimen desde la víctima y las consecuencias en su vida hacia los agresores, amparándoles con discursos religiosos y en una noción abstracta de la condición humana.

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En su intervención, García sostuvo que, incluso dentro del “pecado” de seducir, obligar o presionar a una mujer para tener “acceso carnal” – es decir, abusarla sexualmente –, constituye un error humano comprensible, propia de un ser imperfecto que no debería ser repudiado o, según sus palabras, “crucificado”. Para reforzar su argumento, apeló a una lectura bíblica que contrapone pecado, infierno, cielo y cárcel, concluyendo que, como cristiano, él no condena al que “falló”.     

Este razonamiento es profundamente problemático por varias razones. En primer lugar, porque diluye un delito grave —la violación sexual— en una narrativa moral que lo reduce a un “error” o una “caída”.  Un error jamás puede ser el acto consciente de abusar sexualmente a otra persona. La violencia sexual no es un simple desliz ético, es un crimen que vulnera de manera extrema el cuerpo, autonomía y dignidad de una persona. Calificarla como “pecado”, “error” o “inconducta” no solo minimiza su gravedad jurídica, sino que invisibiliza el daño irreparable causado a la víctima.

Además, el discurso desplaza completamente el énfasis del crimen. En lugar de centrarse en la normalización de la violencia de género, el sufrimiento de la denunciante o el escrutinio público que se enfrentan las mujeres que denuncian haber sufrido abuso sexual, atención se dirige a la “humanidad” de los agresores. Esta narrativa forma parte de la cultura machista que siempre ha defendido y protegido a los hombres y ha puesto en duda la palabra de las denunciantes.

La apelación a la fe agrava aún más el problema. La fe, en el ámbito personal, puede ofrecer reflexión moral, pero en la sociedad, no puede ni debe operar como un mecanismo de absolución anticipada ni como un obstáculo para la justicia. La Biblia, además, no legitima la impunidad ni la negación del daño causado a otros, por el contrario, su instrumentalización para justificar abusos vacía de contenido ético al propio mensaje religioso.

Ser crítico de estos discursos no significa negar el principio de presunción de inocencia. Significa, simplemente, reconocer las declaraciones peligrosas que utilizan a la religión para prevalecer concepciones machistas o profundamente conservadoras. La violencia sexual no debe ser un tema explicado mediante la fe o por metáforas bíblicas.

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