Opinión

Estados Unidos ataca bases ISIS en Nigeria

¿Defensa de los cristianos o geopolítica selectiva?

El reciente ataque de Estados Unidos contra presuntas bases del Estado Islámico (ISIS) en Nigeria ha sido presentado por Donald Trump como un “regalo de navidad” para los terroristas del fundamentalismo islámico y como una acción necesaria para “defender a los cristianos” en Nigeria. De acuerdo con Washington, esta acción militar respondió a un pedido oficial de Bola Tinubu, presidente de Nigeria.  Sin embargo, más allá de la retórica oficial, este episodio abre una serie de preguntas incómodas sobre los alcances reales de esta intervención y los criterios que Washington utiliza para decidir dónde, cuándo y a quién proteger. 

Nigeria enfrenta desde hace años una violencia compleja, marcada por el accionar de grupos armados, tensiones étnicas, disputas territoriales y profundas desigualdades estructurales. La persecución religiosa existe, pero no es el único ni el principal eje del conflicto. Reducir la intervención militar a una “defensa de los cristianos” simplifica una realidad mucho más compleja; pero, sobre todo, instala una jerarquía implícita sobre el valor de las vidas humanas.

La pregunta inevitable ¿Por qué algunos sí, y otros no?

La principal incógnita que desencadena esta intervención militar es la razón o causal que motiva el accionar estadounidense. Si nos guiamos por las palabras expresadas por Trump sobre la “defensa de los cristianos” como criterio rector de la política exterior de Washington, la lógica exigiría coherencia. ¿Por qué este argumento se activa en Nigeria, pero no en otros escenarios donde poblaciones enteras, sean cristianas, musulmanas o de cualquier credo, son sometidas diariamente a violencia sistemática?   

Frente a este escenario, es imposible de ignorar el contraste con Gaza. Allí, Estados Unidos no solo no interviene para proteger a la población civil – donde varios palestinos son incluso cristianos – sino que mantiene un respaldo incondicional político, económico y militar a Israel, incluso a frente a denuncias de genocidio y crímenes de guerra por organizaciones internacionales como las Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional. Entonces, nos preguntamos ¿es acaso la vida de quienes no encajan en determinadas afinidades religiosas o estratégicas valen menos?

Pero esta no es la única interrogante que deja la actuación de Washington. La apelación la “defensa de los cristianos” funciona como un marco moral perfecto para legitimar una intervención militar ante la opinión pública. Pero, este no es un argumento nuevo.

A lo largo de las últimas décadas, Estados Unidos ha justificado acciones armadas en otros países en nombre de la democracia, la lucha contra el terrorismo o la protección de civiles, cuando las verdaderas motoras han sido el control regional, la influencia estratégica o la contención de rivales internacionales. Basta citar el ejemplo de Venezuela donde Washington, bajo la narrativa de “lucha contra el narcotráfico”, está aumentando las presiones económicas y ataques contra el país sudamericano.  

Es por ello que no podemos pasar por alto los diversos factores que podrían explicar el interés estadounidense en Nigeria. En el escenario internacional, las acciones de los Estados no son impulsados por acciones de generosidad, sino por intereses estratégicos. En este contexto, la intervención no puede ni debe leerse únicamente como un acto altruista. Nigeria, por ejemplo, ocupa una posición clave en África Occidental, con salida al océano Atlántico mediante el Golfo de Guinea, recursos energéticos, peso democrático y un rol central en la seguridad regional. Mientras que la retórica religiosa suaviza el discurso y esconde los móviles del accionar militar, no logra eliminar los intereses subyacentes.

Se podría argumentar que, la última instancia, la intervención militar de Estados Unidos responde a una solicitud del gobierno nigeriano y, por lo tanto, esta petición es suficiente para legitimar la acción extranjera. Sin embargo, creemos que este razonamiento ya ha sido utilizado en otros escenarios – en especial durante la Guerra Fría – y recuerda peligrosamente a debates recientes sobre Venezuela.

Aceptar esta narrativa sin cuestionamientos implica abrir puerta a un orden internacional donde las potencias deciden con total impunidad y de manera discrecional cuando la soberanía es respetable y cuando puede ser suspendida. Este escenario nos abre dos nuevos problemas. Por un lado, subestimar la amenaza que el actuar de Estados Unidos genera para el sistema internacional y en especial para los países en vías de desarrollo como el nuestro, bajo la sumisa impresión que el comportamiento de Estados Unidos es inevitable, y por lo tanto exento del derecho internacional. Por el otro lado, aceptar que las vidas pueden acceder a los derechos humanos únicamente bajo determinados parámetros o condiciones dictadas por un agente externo, olvidando deliberadamente el carácter inherente de estos.  

Es importante señalar que nada de lo escrito busca defender, negar o minimizar la violencia que ISIS ejerce sobre las comunidades cristianas en Nigeria. El problema surge cuando la defensa de los derechos humanos se aplica de forma selectiva y funcional a los intereses de una potencia. En esta línea, la protección de la población civil y la defensa de las comunidades vulnerables deja de ser un principio universal y se convierte en una herramienta de legitimación de poder. Si la protección de civiles fuera realmente el eje central, no dependería de la religión de las víctimas ni de la utilidad estratégica del territorio. Si de verdad Estados Unidos estuviera preocupado por rescatar las vidas de los cristianos, ¿Por qué no han denunciado la destrucción de Iglesias cristianas en Gaza por las operaciones militares israelíes? ¿Por qué no ha buscado proteger la vida de los palestinos cristianos que día a día sufren a manos de Israel? Mientras esta coherencia no exista, cada intervención “humanitaria” seguirá despertando sospechas legítimas.

El ataque en Nigeria no solo debe evaluarse por sus efectos militares inmediatos, sino por el precedente que refuerza: un mundo donde la fuerza se justifica con discursos morales flexibles y donde la vida humana parece tener distinto valor según el mapa geopolítico. Esa selectividad, más que proteger a los pueblos, consolida un orden internacional profundamente desigual.

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