Desde el ocho al dieciséis de enero del presente año, en la ciudad de Cali, Colombia, se viene celebrando la Convención Nacional del Movimiento Misionero Mundial. Bajo el lema “Colombia, tierra de gracia”, el encuentro ha hecho un llamado a reforzar la fe, la reflexión personal, la enseñanza religiosa y ka unidad. Sin embargo, el mensaje que mayor repercusión ha generado dentro de la comunidad cristiana y que contrasta abiertamente con la práctica regional del movimiento ha sido el pronunciado por su Supervisor en Colombia, el reverendo Pablo Castro.
“Nuestro logo no puede ser utilizado sin la autorización previa. Y para estos casos, nunca vamos a autorizar que el logo del movimiento misionero mundial esté en una publicidad política porque nosotros no tenemos un candidato político. El Movimiento Misionero Mundial no es un partido político. El Movimiento Misionero Mundial es un esfuerzo de fe y sacrificio en favor de la obra misionera y la evangelización del mundo, como parte de la iglesia de Jesucristo”
Pablo Castro, reverendo del MMM
Con esa afirmación, el reverendo marcó una distancia clara entre la fe y la política partidaria, enfatizando que la misión del MMM es estrictamente espiritual y evangelizadora. Se reconoce que la Iglesia, como institución religiosa, no debe confundirse como actor político y, por ende, no debe prestarse como voz moral durante las campañas partidarias. En pocas palabras, su mensaje refuerza una necesaria separación entre la fe y la instrumentalización electoral.
Sin embargo, este posicionamiento contrasta de manera evidente con la realidad peruana, donde el rol del MMM se ha vuelto cada vez más difuso. Durante los últimos años, hemos sido testigos de como líderes del movimiento han emitido respaldos simbólicos y explícitos a congresistas y partidos políticos específicos. Hace no mucho, el Supervisor Nacional del MMM en Perú y figura de autoridad de Bethel, el reverendo Luis Meza Bocanegra, elogió a congresistas de Renovación Popular bajo el lenguaje simbólico religioso de estar liderando una “batalla espiritual” en el campo político. Bajo este paraguas religioso, la actividad política llega a ser concebida como misión divina. Del mismo modo, hace tan solo unos días, el reverendo Meza apoyó efusivamente la candidatura a la Cámara de Diputados de Paola Martínez, figura de Renovación Popular. Estas acciones -entre otras- realizadas desde espacios religiosos y ante audiencias de fieles, han contribuido a legitimar opciones partidarias concretas bajo un marco espiritual.
La contradicción es difícil de ignorar. Mientras en Colombia el MMM afirma no autorizar el uso de su imagen ni su estructura para fines políticos, en el Perú se han normalizado gestos, discursos y eventos donde la institución aparece alineada con proyectos políticos específicos.
Más allá de los casos puntuales, el contraste revela la poca credibilidad institucional del MMM y la flexibilidad selectiva de su principio según el contexto político nacional. Si el MMM no es un partido político en Colombia, ¿por qué en otros países actúa como un actor con influencia electoral? ¿Dónde queda la coherencia doctrinal cuando el rechazo a la politiquería se aplica en unos contextos y se relativiza en otros?
Este doble estándar no afecta únicamente a la institución, sino también a la democracia y libertad de conciencia en la sociedad. Cuando la Iglesia afirma no tener candidatos, pero sus líderes, desde sus posiciones de poder espiritual, orientan el voto, deciden que candidatos representan los “verdaderos” valores cristianos o legitiman partidos políticos o acciones militares de otros países, la fe deja de ser un espacio espiritual y se convierte en una herramienta de movilización política. En ese escenario, los creyentes ya no participan como ciudadanos libres, sino como votantes condicionados por una autoridad religiosa.