En noviembre de 2020, tras la vacancia de Martín Vizcarra y la asunción de Manuel Merino, miles de jóvenes salieron a las calles impulsados al coro de «se metieron con la generación equivocada». La jornada del 14 de noviembre culminó con el fallecimiento de Inti Sotelo y Bryan Pintado, un hito que precipitó la caída del régimen interino, pero que también expuso los límites de una movilización sin agenda.
Figuras públicas, streamers y creadores de contenido impulsaron la marcha desde la inmediatez de las redes sociales, convirtiendo la indignación en una tendencia. Tiempo después, varios de estos actores terminaron arrepintiéndose o desligándose del tema al constatar que fueron utilizados como caja de resonancia de disputas políticas que no comprendían.
Años después, en octubre de 2025, la Generación Z destacó por su capacidad de movilización, pero nuevamente desapareció por el desgaste de la calle. El balance de aquellos hechos deja al descubierto la mayor falencia de la protesta contemporánea: la ausencia de una brújula política organizada. Un movimiento de «grandes voces, pero sin manifiesto». Buena parte de la convocatoria no respondió a una convicción ciudadana estructurada.
Hoy, en un contexto marcado por el retorno del fujimorismo al Ejecutivo de la mano de Keiko Fujimori y el anuncio de nuevos paquetes de medidas económicas y administrativas, la calle luce en absoluto silencio.
Esta pasividad no implica que la tensión haya desaparecido, sino que el espacio social está exhausto. Dirigentes como Roberto Sánchez literalmente han gastado la zapatilla intentando movilizar a las bases, pero chocan contra una ciudadanía estresada y saturada de convocatorias sin resultados. La movilización juvenil terminó dispersándose al disparar en todas direcciones, abordando múltiples causas a la vez sin consolidar un solo frente sólido.
Si los movimientos sociales y los jóvenes aspiran a ser un contrapeso real frente al gobierno que inicia, deben superar el entusiasmo pasajero, la pose de redes y la protesta reactiva. Toca canalizar la indignación hacia la organización consciente y replantear la estrategia con objetivos concretos, brújula política y una vigilancia ciudadana que trascienda la coyuntura.
