El nombre de Anthony Lastra vuelve a aparecer en el escenario político peruano, esta vez vinculado a la candidatura de Roberto Sánchez. Esta presencia no es nueva, por el contrario, responde a un patrón que ya se ha visto en procesos electorales anteriores, donde la fe y política terminan entrelazándose bajo un mismo discurso.
Durante las elecciones del 2021, Lastra adquirió notoriedad al afirmar que había sido Dios quien había elegido a Pedro Castillo como presidente del Perú. Bajo esta premisa, no solo respaldó públicamente su candidatura, sino que participó activamente en su campaña política, llegando posteriormente a convertirse en su consejero espiritual.
Tras la destitución de Castillo y la llegada al poder de Dina Boluarte, el pastor negó continuar desempeñando ese rol. Sin embargo, su cercanía con el entorno del Ejecutivo no desapareció. Es más, incluso llegó a desempeñarse como asesor de la congresista de Perú Libre, Katy Ugarte y, según reportes periodísticos, habría mantenido un rol de acompañamiento espiritual en Palacio de Gobierno, pese a las constantes negaciones.
Lejos de retirarse de la vida pública, Lastra ha continuado su incursión en la política. En las elecciones del 2026, postuló como diputado por el partido de centroderecha “Unidad Nacional”, señalando que su eventual labor parlamentaria estaría orientada a promover iniciativas en favor de la comunidad evangélica. Esta postura generó cuestionamientos dentro del propio ámbito religioso, donde diversos líderes señalaron que no representaba una posición consensuada del movimiento evangélico peruano.
En este contexto, su reciente respaldo a Roberto Sánchez no resulta del todo sorpresivo. A través de sus redes sociales, Lastra ha expresado abiertamente su apoyo al candidato de Juntos por el Perú, destacando que comparte los “principios fundamentales” del cristianismo. Asimismo, ha exhortado a la comunidad evangélica a orar por las autoridades y por quienes buscan “servir al país”. En esa línea, ha llegado a calificar a Sánchez como un candidato “cristiano, pro familia y pro vida”, replicando un discurso similar al utilizado en 2021 con Pedro Castillo.
Estas acciones evidencian el intento de construcción de legitimidad política a través de la fe, es decir, el empleo de un supuesto respaldo divino junto con la movilización de sectores religiosos como base de apoyo electoral. La instrumentalización de la fe pocas veces viene de la mano de intereses políticos genuinos, al contrario, suele responder a motivaciones exclusivamente personales y terrenales. Esto puede demostrarse, en especial, cuando este tipo de respaldos se traducen en influencia directa en los espacios de poder, ya sea a través de asesorías pagadas, acompañamiento espiritual o presencia en entornos cercanos a las cúpulas del poder.
En este sentido, es válido preguntarnos si este respaldo constituye en uno genuino, basado en coincidencias ideológicas y religiosas o, en cambio, en una estrategia política recurrente para posicionarse dentro del poder político. Mucho más allá del discurso en redes sociales y en programas mediáticos, lo cierto es que este patrón ya se ha visto antes, y sus implicancias no han sido menores. La reiteración de estos vínculos sugiere que la relación entre la fe y la política no necesariamente responden a convicciones, sino a dinámicas de poder que tienden a reproducirse con cada nuevo escenario electoral.